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Testimonios Misioneros - Vocaciones Nativas |
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Tres historias para imitar Salvador Romano
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Karoli y Sinzinkayo
Karoli es hutu (una de las muchas etnias que pueblan África). En uno de los conflictos que han ensangrentado su país, su familia fue aniquilada por miembros de la etnia rival, los tutsis. Perdió a su esposa, a sus hijos, a sus padres y a sus hermanos, todos asesinados. Él se salvó porque aquel día estaba lejos de su colina y pudo permanecer algunas semanas escondido en el almacén de la misión.
Cuando recuerdo aquel hecho, no puedo dejar de sentir la admiración que se tiene delante de un milagro. En ellos veo encarnada la frase de San Pablo: “Dios nos reconcilia con Él en Jesucristo y hace de nosotros ministros de la reconciliación”. Ahora, cada vez que tengo que hablar de reconciliación, recuerdo con agradecimiento aquel hecho, la lección silenciosa que nos dieron aquellos dos catequistas. Una vez tuve la oportunidad de comentar con ellos este magnifico ejemplo de reconciliación que habían dado. Su respuesta fue sencilla como el agua, pero con la profundidad de Dios mismo: “Los sacerdotes habéis sembrado la Palabra de Dios en nuestros corazones, nos habéis reunido en una familia nueva, nos habéis enseñado el perdón de Dios y lo habéis derramado en nuestros corazones. Vivimos de lo que nos habéis dado. La fuerza del perdón nos viene del perdón de Dios que nos habéis transmitido”. Siendo así, ¿puede haber vocación más bella que la de ser ministro de la reconciliación? Ahora, tantos años después, me toca participar en la formación de los jóvenes seminaristas de esta Iglesia local. Les digo que están llamados a ser constructores de la familia de los hijos de Dios, que supera razas y colores, que nos hace hermanos los unos de los otros. El sacerdote, con su ministerio, hace nacer la comunidad, la alimenta con la Palabra de Dios, la refuerza con los sacramentos, hace caer barreras y prejuicios, hace que todos nos sintamos hermanos al anunciarnos que Dios es nuestro único Padre. En el seminario, ellos mismos hacen experiencia de esta realidad. Provienen de etnias diferentes, con culturas diferentes, lenguas diferentes, modos de pensar y reaccionar diferentes…; sin embargo, viven la fraternidad, crece en ellos la amistad, son capaces de sacrificarse por el otro que es distinto. Este será su ministerio, su servicio a la Iglesia y a su propio país. En el seminario aprenden que en Dios lo imposible se convierte en posible y en fuente de gozo. Al final de su formación, así lo esperamos, serán servidores de la comunidad, constructores de fraternidad y, en esta África de barreras, serán ministros de la reconciliación.
François
En una de mis charlas con los seminaristas, uno de ellos me recordó un hecho ocurrido en su comunidad: sucedió que un día de mercado, en una discusión, el hermano de François fue asesinado. Todo el clan se puso en movimiento: había que vengar su muerte con la muerte del asesino y la destrucción de sus bienes; así lo decía la costumbre del clan. Los hombres se presentaron delante de la casa de François armados con lanzas y cuchillos; esperaban de él que, según la tradición, lanzase el grito de muerte para comenzar la venganza. François permanecía dentro de su cabaña; pensaba en las palabras de Jesús: “Amad a vuestros enemigos”.
Los ancianos criticaron a François: temían que la venganza de los muertos se volviese contra el clan. François volvió a repetirles: “Hay una nueva ley: la ley del amor”. A los pocos meses, un grupo de jóvenes se presentaron a François y le pidieron que les instruyera en la Palabra de Jesús. Así nació una nueva comunidad cristiana. El seminarista que me recordaba aquel hecho es fruto de esta comunidad. En un continente destrozado por guerras, luchas por el poder, corrupción y mal gobierno, estos seminaristas son la esperanza de comunidades nuevas reconciliadas y reconciliadoras.
La comunidad
Día a día vivimos esta nueva realidad de servicio y reconciliación. Recuerdo mi visita a una de las comunidades de nuestra misión. Encuentro a la comunidad reunida como cada semana. Sentados bajo el árbol están los Se proclama y se escucha el Evangelio (Lc 7,11-23): Jesús resucita al hijo de la viuda de Naím y luego, cuando los discípulos de Juan le preguntan sobre su misión, responde: “Decidle que los ciegos ven, los cojos andan…, a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Cada uno habla de su experiencia a la luz de esta Palabra. En el grupo empieza a surgir una pregunta: “¿A quién vamos a llevar la Buena Noticia?”. Se decide visitar a Fani, la vieja ciega, acusada de ser una hechicera y por ello marginada y temida; ahora está enferma y no puede moverse. Alguien sugiere: “Llevémosle algo que le manifieste nuestro amor”. “Un grano de sorgo no sirve para nada, pero tantos granos juntos quitan el hambre”, dice la sabiduría popular. “Nadie es tan pobre que no pueda dar algo”, dice otro refrán. Se decide que cada uno traiga un poco de sorgo (alimento básico de este pueblo) y lo recogido se dará a Fani. Así se hace. Fani está contenta. Todos están a su alrededor; con ella han repetido la Palabra de Jesús, han rezado juntos, han cantado y le han entregado el sorgo. Todos cantan: “¡Jesús está con nosotros!”. Yo pienso: “A los pobres se les anuncia la Buena Noticia”.
Artículo publicado en Illuminare, nº 379, abril 2010
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