Misioneras de San José de Cluny

Liberar, educar y promover el crecimiento del ser humano

 

Ana María Javouhey es la adolescente intrépida que, en plena revolución, se convierte en guía y servidora de la causa de Cristo. Es la joven que, atenta a la llamada de Dios, se consagra a Él sin reserva. Es la mujer fuerte, espontánea, de carácter audaz y prudente, llena de fe y dispuesta a cumplir la voluntad de Dios. Ella es la elegida por Él para fundar la congregación Misioneras de San José de Cluny.

El 12 de mayo de 1807, al término de la revolución que había barrido de Francia todas las órdenes religiosas, una ceremonia poco habitual atrajo hacia la iglesia de San Pedro a los habitantes de Chalon-sur-Saône. Nueve jóvenes se preparan para recibir del obispo de Autun, monseñor Imberties, un hábito religioso muy inculturado: amplio vestido azul de las campesinas borgoñonas, largo escapulario familiar de los cristianos de aquel tiempo y velo caído sobre la frente, como el de la Virgen venerada en Autun. Entre estas aspirantes a la vida religiosa se encuentran las cuatro hijas Javouhey, cuya familia era muy conocida en el pueblo de Chamblanc, cerca de Seurre.

La mayor, Ana, había tratado de reunir huérfanos, niños pobres, para educarlos, formarlos para el trabajo, prepararlos para una vida de buenos cristianos y buenos ciudadanos. Durante los malos días del “Terror”, había escondido a los sacerdotes refractarios, catequizado a los niños y, en una misa clandestina, el 11 de noviembre de 1798, durante la noche, había consagrado toda su vida a Dios. Pero ¿cómo poner por obra esta consagración? En 1800 una prolongada búsqueda condujo a la joven a Besançon, entre las postulantes de una nueva congregación; después a la Trapa de Suiza, bajo la dirección de Dom de Lestrange. De vuelta a Borgoña, Ana buscaba siempre cómo cumplir la santa voluntad de Dios y responder a esta llamada tan fuerte, pero todavía velada. Arrastraba tras ella a sus hermanas y otras jóvenes.

Cuando el Papa Pío VII pasó por Chalon en 1805, fue recibido con entusiasmo por el pueblo cristiano. Ana le habló de su proyecto de vida religiosa. El Papa la animó y la bendijo, así como a sus hermanas.

 

¡Ya somos religiosas!

El 12 de diciembre de 1806 Napoleón, que se encontraba entonces en Prusia, firmó la aprobación legal de la Asociación San José. Después de tantos trastornos revolucionarios, se anunciaba una nueva era para la Iglesia y para la vida religiosa. La larga búsqueda de Ana María Javouhey llegaba a su fin. “¡Ya somos religiosas!”, escribía a sus padres.

El 12 de mayo de 1807 iba a ver la fundación de su congregación, largamente preparada por su perseverancia, su dinamismo, su voluntad de discernir la santa voluntad de Dios y realizarla. Había llegado el día en el que la Iglesia iba a hacer oficial esta fundación por los compromisos públicos en presencia de un clero numeroso, autoridades civiles y una multitud intrigada por un espectáculo tan nuevo.

Monseñor Imberties recibió, en el transcurso de la misa, la profesión religiosa de Ana Javouhey, que se convirtió en sor Ana María, y de sus tres hermanas y cinco compañeras. Las jóvenes se consagraron a Dios por los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, añadiendo el de entregarse a la instrucción de la juventud, según sus estatutos, aprobados provisionalmente por la autoridad eclesiástica. Por la tarde, el obispo, acompañado de varios eclesiásticos, reunió en capítulo a las nuevas religiosas para proceder a la elección de superiora general. Sor Ana María Javouhey fue elegida por todas sus compañeras para asumir esta responsabilidad. Un poco más tarde, la congregación así fundada añadiría a su nombre el del lugar del primer noviciado: Cluny.

 

Participar en la misión de Cristo

Las Hermanas de San José de Cluny, sólidamente enraizadas en tierras borgoñonas, no tardaron en atravesar las fronteras de su región de origen y, después, las de Francia, su país. A la vez que continuaban su labor en Borgoña y los alrededores, en casas que duraron más o menos tiempo, la Madre Javouhey buscaba cómo implantarse en París, donde se tomaban las decisiones importantes para el porvenir de la congregación. Después de unos comienzos muy difíciles, el instituto misionero se dio a conocer gracias a una pequeña escuela, en la que la aplicación del método de enseñanza mutua obtuvo notables resultados con los niños de medios desfavorecidos.

Los ecos de este éxito llegaron a oídos del gobernador de la isla Bourbon (actual Reunión), que estaba de paso en París y buscaba personal para educar a la juventud de la isla. Pidió hermanas a la Madre Javouhey. La fundadora reconoció en esta solicitud la llamada que Dios le había dirigido 16 años antes, mientras buscaba dónde la quería Dios. Sin dudar un momento, aceptó enviar la tercera parte de sus hermanas jóvenes a ese país lejano y desconocido.

 

Misioneras de vanguardia

En enero de 1817 ella se encontraba en Rocherfort para embarcar a un grupo de religiosas en un velero que permaneció en el mar durante seis meses antes de llegar a esa isla del Océano Índico. Para la congregación fue el punto de partida de una rápida expansión misionera. Dos años más tarde, las hermanas llegan a San Luis de Senegal; después, en 1822, a la Antillas francesas; y en 1826, a Saint Pierre et Miquelon. Desde la isla Bourbon, en 1827, marcha un grupo de hermanas hacia la India. Las Antillas inglesas acogen en 1836 los hábitos azules de Borgoña. Un poco más tarde Oceanía las ve desembarcar en Tahití. A la muerte de la fundadora, el 15 de julio de 1851, las Hermanas de San José de Cluny, cuyo número era aproximadamente de un millar, trabajaban en los cinco continentes.

A lo largo de su existencia, la congregación se desarrolla contra viento y marea: epidemias que diezman a las jóvenes misioneras, desastres naturales que devastan las misiones, las laicizaciones, revoluciones, guerras...; las pruebas de todo tipo no le han impedido acoger novicias de orígenes cada vez más diversos, realizar fundaciones en lugares o regiones de nueva evangelización, en medio de los pobres, los desheredados, en distintos lugares de todo el mundo. Los envíos de personal no se hacen solo desde Europa hacia los otros continentes, sino también de un continente a otro: del sur hacia el norte, del este hacia el oeste.  

Presentes en más de 50 países, las Hermanas de San José de Cluny son actualmente cerca de 3.000, de casi 70 procedencias diferentes. Más de un tercio son indias, cerca de una quinta parte son africanas o malgaches. En su seno se aprecia una gran diversidad de lenguas y culturas, con un amplio abanico de compromisos  apostólicos, que evolucionan según las llamadas de los tiempos. La unidad de la congregación se mantiene gracias a la voluntad de las hermanas de vivir el seguimiento de Cristo según el espíritu y carisma de su fundadora.

 

DATOS DE CONTACTO

MISIONERAS DE SAN JOSE DE CLUNY
Avda. Juan Pablo II, 32
28224 Pozuelo de Alarcón - Madrid

Teléfono: 91 715 67 16

 

Por Misioneras de San José de Cluny

Artículo publicado en Misioneros Tercer Milenio, nº 98, octubre 2009