Por el amor y el sacrificio 
a la conquista del Reino

L

a Obra Misionera de Jesús y María está en el centro de los intereses de la beata Mª Pilar Izquierdo, nuestra fundadora, y a la que le dedicó todas sus fuerzas. Mª Pilar Izquierdo es una persona locamente enamorada de Dios, muy unida a Cristo crucificado y profundamente preocupada por la salvación de las almas.

En su breve vida impresiona la aceptación heroica del dolor y la contrariedad. Toda su espiritualidad gira en torno a la doctrina de la cruz. “Sin sufrimiento ninguna labor puede salir fructuosa, sin él no hay santidad posible, no puede haber cielo”. Es su gran mensaje al mundo actual en el que la sociedad materialista sólo busca la comodidad, el placer, el goce y en el que tantos cristianos eliminarían con gusto del Evangelio la página de la cruz.

El amor a Dios, a la cruz de su Hijo Jesucristo, al prójimo necesitado de ayuda material y espiritual, fue su único afán. España vivía momentos difíciles: guerra, pobreza, alejamiento religioso. Era necesario evangelizar en los suburbios, dar de comer al hambriento y catequizar con el Evangelio en la mano. Y esto es lo que sería su vida y el proyecto de su Obra: reproducir la vida activa de Cristo en la tierra a través de las obras de misericordia.

Orígenes humildes

Nació en Zaragoza, el 27 de julio de 1906, en el seno de una familia muy pobre y humilde que no pudo acercar a sus hijos la cultura del mundo. Eso sí, todos ellos fueron educados en nobles sentimientos y vida cristiana, infundiéndoles una sólida conciencia de piedad y caridad para con los más necesitados.

Además de las penurias de una familia pobre, en su adolescencia empezó a sufrir una especie de ataques y los médicos aconsejaron a sus padres cambiar de aires, por lo que se fueron a vivir a Alfamén. A finales de 1928 regresaron a Zaragoza. Medio año después Mª Pilar cayó gravemente enferma y estuvo inconsciente durante seis meses. La dieron por desahuciada y le administraron los últimos sacramentos, seguros de que en ese estado no podría vivir mucho. Sin embargo despertó de su inconsciencia y recuperó el habla, pero continuó ciega y parapléjica, a lo que se añadió una gran variedad de quistes por todo el cuerpo.

Así estuvo durante once años, como en la vida del Señor fue necesaria la experiencia oculta y retirada de Nazaret y el desierto, en oración y penitencia, como cimiento en roca firme de su posterior vida pública y, sin duda, de su dolorosa pasión y muerte. Y siempre de sus labios brotaba la misma jaculatoria: “Todo por Ti, Jesús mío. ¿Por qué no me das mucho más que sufrir?”. Y así, enferma, pobre, sin estudios, sin ningún apoyo civil ni eclesiástico, atraía a personas de todas las partes de España y de toda condición social, con las más diversas motivaciones, pero con una común: la búsqueda de Dios. Sí, porque era lo único que podía darles la paralítica, ciega, ignorante… Les daba a Dios y un Dios crucificado, un Dios que se da con alegría en el dolor, sabedor de que su sufrimiento es redentor.  

El “rebañico” de Jesús

A todas aquellas personas que se unían a ella en la oración, el sacrificio y la caridad, comenzó a llamarles “el rebañico de Jesús”, y pertenecer a él suponía estar dispuesto a “poner la cabeza en el tajo”; es decir, a llevar una vida santa, cada cual en su estado, entregado al cumplimiento de su deber. Era un apostolado vivo desde la inactividad. Oraba y enseñaba a orar, ofrecía sus sufrimientos por las almas y por España y socorría a los pobres con las limosnas que le daban las personas que la visitaban. 

Es en estos años cuando empieza a hablar de la “Obra de Jesús”. Así la buhardilla se convirtió principalmente en el semillero de tierra fértil en el que ella iría sabiamente preparando, con su ejemplo y sus méritos, y seleccionando a aquellas que deberían acompañarla en su fundación. Era tanta la fe en que sus palabras se harían realidad, aun a costa de un milagro, que incluso habían empezado a confeccionar el hábito que usarían cuando empezaran a trabajar como misioneras. En noviembre de 1939, comenzaron a tramitar la aprobación de la Obra. La curia de Madrid extendió un decreto que aprobaba la institución y dio licencia para que se estableciera en la diócesis de Madrid Alcalá.

La aprobación ya estaba y el milagro se realizó. Fue el día 8 de diciembre; en la celebración de la Eucaristía se sintió curada, salió de su postración, comenzó a ver, se levantó y se puso en marcha, ella y su Obra. Esa marcha se vio zarandeada, pero segura, porque les guiaba la fe y no dudaron en lanzar sus redes por los barrios de la periferia de un Madrid que sufría las consecuencias de la guerra civil.

Así, en agosto de 1945, con tan sólo 39 años, el Señor se la llevaba para el cielo; la Obra quedó deshecha, pero con una fecunda semilla enterrada en el surco, y con un buen jardinero, el P. Daniel Díez, que la haría de nuevo florecer hasta conseguir el fruto y unas vigorosas ramas extendidas por el mundo.

El florecer de la semilla

El P. Daniel y nueve Hermanas siguieron fieles al proyecto de Mª Pilar, con el corazón lleno de dolor por su partida, pero también de esperanza, porque confiaban en sus palabras de que la Obra saldría adelante con más brillo que antes. Siguieron unidas, orando, trabajando y ofreciéndose, esperando la hora de Dios. “Allá para los dos añicos”, había profetizado la Madre. Dos años más tarde se les abrieron las puertas en Logroño; el Sr. Obispo, don Fidel García Martínez, les permitió trabajar en su diócesis y un año más tarde las aprobará como Pía Unión de Misioneras de Jesús y María.

Los obreros estaban ansiosos de trabajar y el campo demandaba operarios: pobres, niños, enfermos, alejados de la Iglesia, abrían las puertas a las misioneras en ciernes, que sin alforjas ni dinero, pero llenas de amor y alentadas por lo que habían visto y oído, querían aliviar el dolor de esos otros “cristos sufrientes” y necesitados de atención material y espiritual. Su entusiasmo contagia a otras jóvenes y pronto se hace necesario abrir nuevas casas. En 1953 viaja el primer grupo de misioneras al continente americano y se instalan en la capital colombiana, Bogotá, y de ahí a otros países de la América del Sur y a otros continentes: África y, próximamente, a la asiática Indonesia. 

 

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OBRA MISIONERA DE JESÚS Y MARIA
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Por Hna. Mercedes Lorenzo
Obra Misionera de Jesús y María
Revista Misioneros Tercer Milenio