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7 de octubre de 1950, en Calcuta, en la pequeña capilla situada
en Creek Lane, número 14, el entonces arzobispo de Calcuta
Ferdinand Perier autoriza a la Madre Teresa y sus primeras once
compañeras a formar una congregación religiosa de derecho
diocesano. Nacen así las Misioneras de la Caridad. Un momento
de gracia al que se llega después de un largo proceso de
discernimiento de la voluntad de Dios por parte de la Madre
Teresa que escucha “la llamada dentro de una llamada”.
(Carta de la fundadora).
La
Madre Teresa lleva años trabajando en la India. Como religiosa
de las Hermanas de Loreto, da clases de geografía a las niñas
del colegio Santa María. En sus oraciones, sin embargo, percibe
con nitidez una invitación del Señor para que salga a los
suburbios de Calcuta y le anuncie entre los más desfavorecidos:
“Dame almas de los niños de la calle, de los enfermos, de los
moribundos... Hay muchas religiosas para cuidar a la gente rica
y acomodada. Pero para los más pobres, para los míos, no hay
absolutamente nadie. Llévame a los agujeros donde viven los más
pobres...”.
La
Madre Teresa tiembla ante esa llamada. Así se lo confía a su
superiora: “Tengo miedo de vivir como ellos, vistiendo como
ellos, comiendo como ellos, durmiendo como ellos...”. Pero lo
supera con su inmenso amor a Dios y su afán de servirle: “Haz
conmigo, Señor, lo que desees y durante el tiempo que
desees”. De esta forma, cuando dos años después recibe la
autorización del arzobispo Perier para abandonar su comunidad,
la Madre Teresa se viste el sari blanco y azul –la túnica
tradicional de las mujeres hindúes– y sale, por primera vez,
a las míseras calles de Calcuta, atiborradas de mendigos, de
leprosos, de gente sin hogar... Para sus desplazamientos, sólo
lleva consigo un pequeño maletín con las cosas personales más
indispensables, pero no dinero. La Madre Teresa nunca lo pidió
y nunca lo poseyó. La divina Providencia siempre proveía.
Una semilla que crece
rápidamente
La familia de las Misioneras de la Caridad crece desde ese
instante rápidamente. En 1949 se une a la Madre Teresa su
primera recluta, una joven de la ciudad de Bengala, ex alumna
del Colegio Santa María. Pronto llegan muchas más. Acuden
junto a Madre Teresa para compartir su vida con los más pobres.
Ella las pone a prueba durante largo tiempo antes de admitirlas.
Eso no impide, sin embargo, que la congregación se amplíe
velozmente y que su obra se extienda a otras diócesis de la
India, donde se fundan nuevas “casas” para moribundos,
leproserías, hogares para niños abandonados...
La
congregación también multiplica sus brazos. El 25 de marzo de
1963, el arzobispo de Calcuta bendice el comienzo de la rama
activa de los Hermanos. La rama contemplativa de las Hermanas
comienza en Nueva York el 25 de junio de 1976 y la de los
Hermanos contemplativos se establece en Roma el 19 de marzo de
1979. Los Padres se fundan en el Bronx, Nueva York, el 13 de
octubre de 1984.
Desde
el inicio, Madre Teresa también anima a los laicos a participar
en el servicio a los más pobres de los pobres. En marzo de 1969
comienzan a existir oficialmente los colaboradores de Madre
Teresa. El 16 de abril de 1984 se establecen los laicos
(consagrados) Misioneros de la Caridad.
Por todo el mundo
El 1 de febrero del año 1965 Pablo VI otorga a la congregación
el decretum laudi, con el que las Misioneras de la Caridad se
convierten en congregación de derecho pontificio. También
autoriza a Madre Teresa a extender la orden a otros países.
Comienzan a fundarse hogares en todo el mundo.
En
1965, algunas religiosas parten a Venezuela, la primera fundación
fuera de la India. En este país siguen hoy muy presentes las
Misioneras de la Caridad, lo mismo que en Sri Lanka, Tanzania y
Filipinas. Pablo VI pide personalmente a Madre Teresa, en 1968,
que abra una casa en Roma. Ella acepta tras visitar los
suburbios de la ciudad y constatar que la miseria material y
moral también existe en los países desarrollados.
Las
hermanas trabajan, al mismo tiempo, en Bangladesh, país
devastado por una cruel guerra civil y en donde miles de mujeres
son violadas por los soldados. Madre Teresa también acepta
enviar a un grupo de hermanas al Yemen, país musulmán donde
ninguna influencia cristiana ha penetrado desde hace 800 años,
pero con la condición de ser acompañadas por un sacerdote.
Durante los años 80, la orden llega a fundar una media de
quince casas nuevas cada año. A partir de 1986, las Misioneras
de la Caridad se instalan también en algunos países
comunistas, la URSS, Albania..., hasta ese momento prohibidos a
cualquier misionero.
Hoy
la congregación cuenta con 4.690 religiosas y novicias, en 710
fundaciones repartidas en 132 países. Más de un tercio de
estas casas se hallan en la India, el país de adopción de
Madre Teresa. Recientemente, se han abierto centros en Argelia,
Chad, Yibuti, Malí, Israel, Finlandia, Noruega y Nueva
Zelanda.
La
idea de abrir una misión en China permanece viva en la
congregación y se alza como un reto para el futuro. Aí lo ha
manifestado Sor Nirmala Joshi, quien asumió las funciones de
superiora general de la congregación el 13 de marzo de 1997,
tras la renuncia de la Madre Teresa por razones de salud.
Disponibilidad sin
reservas
El emblema de la congregación ha sido siempre "calmar la
infinita sed de Cristo en la cruz por amor a las almas, (...)
trabajando por la salvación y la santificación de los más
pobres entre los pobres".
La
Misioneras de la Caridad siempre subrayan, al hablar de su vida
comunitaria, la necesidad de cumplir "el mandamiento
nuevo" del Señor de amarse unos a otros. En todo momento,
dan ejemplo luminoso de «disponibilidad para el servicio sin
reservas, prontitud para acoger al otro tal como es sin
"juzgarlo", capacidad para perdonar hasta
"setenta veces siete"».
Es
tan fuerte su vocación de servicio que en sus Constituciones la
atención a los más pobres se convierte en el cuarto voto que
las Hermanas emiten en el día de su profesión religiosa. Además
de los tres comunes a todas las otras congregaciones religiosas:
pobreza, castidad y obediencia, las Misioneras de la Caridad se
comprometen, como voto, a "servir gratuitamente y de
por vida a los más pobres". Y el signo de esa gratuidad lo
llevan hasta el extremo de no aceptar ni un vaso de agua de
parte de los pobres a quienes visitan.
Por
Rosa Lanoix
Revista
Misioneros Tercer Milenio |