Paz, verdad y unidad en el amor |
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Sebastián Gili Vives nació en Artá (Mallorca) el 16 de enero de 1811.
Fue
Origen y fundación La vida del padre fundador aparece inserta en un mundo plagado de injusticias, calamidades públicas y conflictos sociales. A raíz de esto se fue fraguando una vida interior en la que resplandece su deseo de servir a Dios en los pobres. El 6 de febrero de 1859 nació la Congregación de Agustinas Hermanas del Amparo, de la imperiosa necesidad que sentía nuestro fundador por llegar hasta donde le urgía la caridad; él y cuatro jóvenes se lanzaron a la ardua tarea de la fundación, bajo el amparo de Nuestra Señora de la Consolación.
Nuestro carisma, después de 150 años, es vivo y actual: promover la paz, defender la verdad y lograr la unidad en el amor. Ayudar al necesitado sin acepción de personas y suscitar un clima de serenidad y alegría. Este es el sello que nos distingue y marca nuestro ser y hacer. El centro de gravedad de cada hermana nos hace encontrarnos con el ser humano que padece necesidad.
Nuestra labor misionera Con el capítulo general de 1972, la congregación recibió aires de renovación y apertura y decidió enviar a Perú el primer equipo misionero, compuesto por cuatro hermanas, como en los comienzos. Hoy cuenta con dos comunidades en la sierra, tres en la costa y una en Lima. En 1992 se abrió camino hacia Honduras y Costa Rica, y en 2005 se estableció en Ocotal (Nicaragua); en total, 63 hermanas trabajan en las misiones de América.
Objetivos de futuro Nuestra congregación hoy, como en tiempos del fundador, quiere ser luz en un mundo que se apaga en medio de una ceguera generalizada por la falta de fe y de valores y por el rechazo de Dios. El anuncio del Evangelio no puede desligarse de la promoción humana; por eso nuestras misioneras se han convertido en verdaderas protagonistas del desarrollo de los pueblos. Han sido elegidas y enviadas para servir a los demás. No son meras gestoras de obras sociales: sus vidas representan un compromiso con los más pobres. Son mujeres audaces, abnegadas, llenas de coraje y entrega, que se encuentran en los lugares más castigados, en cada uno de los infiernos que se abren sobre la faz de la Tierra; mujeres sencillas, que se ponen siempre del lado de los más desfavorecidos, cumpliendo su vocación y la llamada de la misión.
Nuestro carisma refleja un innegable fondo de universalismo evangélico, apuntando en una única dirección: un cristianismo radical y apasionantemente vivido, con primordial sentido comunitario, capaz de realizar de modo multiforme el encuentro y el servicio con Dios y el hombre. La Hermana del Amparo no es una poseedora instalada de la verdad, sino compañera de camino en la aventura de descubrir la vida. Ahora y siempre, nuestra palabra hecha servicio seguirá viva en el tiempo. Nuevamente la Pascua se expande por el mundo y se vuelve misión, y el Señor sigue mostrándose a lo largo de la historia. Los rigores del invierno que atraviesa la vida religiosa en Europa van pasando, comienza a alborear una gran primavera, que empieza suavemente a florecer, y este árbol ofrece al Señor sus frutos.
Por
Soledad Antolín |