Santa Teresa del Niño Jesús,
"supo hacer suyas las preocupaciones y
las necesidades misioneras de la Iglesia"


Mons. Joaquín María Goiburu

 

 

 

La comunión de los santos

 

Dios nuestro Señor puede hacer surgir una fuente de agua fresca de una roca estéril y hasta convertir las piedras en hijos de Abrahán.

Pero entra dentro de la economía normal de su Providencia contar siempre con la ayuda humana.

Dios ha querido que la ley misteriosa de la solidaridad presida la evolución del orden natural y sobrenatural.

Cuando Saulo, el cruel perseguidor de los cristianos, es convertido en el Apóstol Pablo, parece a primera vista que nos encontramos ante una obra exclusiva de Dios, sin intervención de otros factores externos.

Pero la misma palabra revelada (Hch 7,60) nos recuerda que el diácono Esteban, en su agonía, pedía a Dios por los perseguidores, entre los cuales, como el mayor responsable, se encontraba Saulo de Tarso.

Cuando aclamamos a Santa Teresa del Niño Jesús como Patrona de las misiones, no solo admiramos la sabiduría, el poder y el amor de Dios, que ha convertido a una humilde y débil religiosa en modelo maravilloso de celo misionero... También reconocemos y admiramos, en esa flor de santidad, el tallo del cual un día brotara, es decir, la familia en cuyo hogar naciera y se educara, y el convento carmelitano a cuya sombra luego se acogerá.

¡Qué profundamente supo explicar Teresa del Niño Jesús este misterioso influjo de unas almas sobre otras!

Poco antes de morir, en sus confidencias íntimas, anotadas cuidadosamente por la M. Inés de Jesús (su hermana Paulina), se expresaba así: “Sor María de la Eucaristía quería encender los cirios para una procesión. Mas no disponiendo de cerillas, se acercó a la lamparilla que ardía ante las reliquias. La encontró medio apagada, con un débil resplandor sobre la mecha carbonizada. Logró, con todo, encender su vela y con ella pudo dar fuego a todas las de la comunidad... Fue aquella llama, casi extinguida, la que produjo aquellas bellas luminarias, las cuales, a su vez, podrían comunicarse a otras infinitas e iluminar el mundo entero... Y todo se debería a la primera lamparilla que originó este incendio. Lo mismo sucede con la comunión de los santos. Frecuentemente, sin que lo sepamos, las gracias y bienes que recibimos son debidas a un alma escondida, porque el Señor, en su bondad, quiere que los santos se comuniquen recíprocamente la gracia por medio de la oración... Cuántas veces he pensado que todas las gracias que he recibido se las debo a la oración de un alma que pudo pedir por mí a Dios y a la que yo conoceré solamente en el cielo... Allí arriba no se verán nunca miradas indiferentes, porque todos los elegidos se reconocerán deudores recíprocamente de todas las gracias que les han merecido la corona” (1).

 

Una familia misionera 

El 13 de julio de 1858 uniéronse con el vínculo sacramental del matrimonio, en la Iglesia de Nuestra Señora de Alençon, Luis Martin y Celia Guérin. Ambos comprendieron desde el principio que el nuevo estado que habían abrazado era para ellos el medio más apropiado para alcanzar la santidad.

“El Señor la hizo nacer —dirá de sí Santa Teresa del Niño Jesús— en una tierra santa y como impregnada de un perfume celestial” (2).

“Dios —añadirá en una carta a uno de sus «hermanos» misioneros— me ha dado un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra” (3).

Fe viva, espíritu de oración, anhelo de santidad, amor al prójimo..., virtudes son éstas que Teresa no tuvo que aprenderlas en los libros de ascética ni en las vidas de los santos. Le bastó contemplarlas en sus padres y copiarlas luego de modelos tan eminentes.

Todos los hijos que tuvieron, los consagraron gozosos a Dios.

Es emocionante, a este respecto, el testimonio de su última hija, Teresa del Niño Jesús: “Ellos pidieron al Señor que les diese muchos hijos y que los tomara para sí. Fue escuchando este deseo. Cuatro angelitos volaron para el cielo y las cinco hijas que quedaron en la arena escogieron a Jesús por Esposo. Mi padre, con un ánimo heroico, como un nuevo Abrahán, subió tres veces, la montaña del Carmelo para inmolar a Dios lo que tenía de más querido. Primero fueron sus dos hijas mayores. Después la tercera de sus hijas... en el Convento de la Visitación... Al escogido de Dios no le quedaban más que dos hijas: la una de dieciocho años, la otra de catorce. Esta, Teresita, le pidió volar al Carmelo, lo cual obtuvo sin dificultad de su buen padre... Cuando la hubo conducido al puerto, dijo a la única hija que le quedaba: «Si quieres seguir el ejemplo de tus hermanas, consiento en ello, no te preocupes por mí»” (4).

Al anunciar a sus amigos la entrada de su queridísima benjamina en el Carmelo de Lisieux, les añadió: “Dios sólo puede exigir un sacrificio como este... Mas no me compadezcáis, porque mi corazón rebosa de alegría” (5).

Si su caridad era grande para con los pobres que solicitaban su limosna, la sentía más profundamente para con los necesitados del alma. Para él no existía alegría mayor que la conversión de un pecador.

“Da, da siempre y procura hacer feliz al prójimo”, escribía a su hija María desde Constantinopla el 16 de septiembre de 1885.

“Todos los años, los esposos retiraban del fruto de su trabajo una buena suma y la destinaban en favor de la Obra de la Propagación de la Fe” (6).

Estimulada por estos ejemplos, pudo Teresa afirmar: “Si hubiera sido libre para disponer de mis bienes, me hubiera arruinado ciertamente, porque no podía ver una persona en la miseria, sin darle enseguida cuando necesitaba” (7).

Recuerda Teresa que a sus ocho años “sacaba de mi hucha algunas limosnas para entregarlas en determinadas fiestas solemnes a la Obra de la Propagación de la Fe” (8).

No es extraño que con esta educación caritativa y misionera se despertara pronto en su corazón un vivo deseo de salvar almas.

A los catorce años obtenía con sus oraciones de la misericordia de Dios la conversión de un gran delincuente, por nombre Pranzini, quien, antes de ser ajusticiado, “besó por tres veces el crucifijo que le ofreció el sacerdote” (9).

Pero Teresa no se contentaba con prodigar su ayuda espiritual y material a los necesitados. Deseaba hacer mucho más.

Cuenta su hermana Celina, que, a sus catorce años, pensó hacerse religiosa de las Misiones Extranjeras de París. “Cuando un día, leyendo los Anales Misioneros [de la Propagación de la Fe], interrumpe de pronto su lectura y exclama: ¡Qué violento deseo siento de ser misionera! ¿Qué sucedería si lo reavivase aún más con la visión directa de este apostolado? Me haré carmelita” (10).

Esta conclusión que a primera vista parece desconcertante queda explicada con la frase que pone punto final a esta anécdota: “Me explicó luego el porqué de esta determinación; era para sufrir más y con esto salvar más almas” (11).

Resultado lógico de una educación profundamente cristiana y apostólica iluminada por una gracia interior, a la que fue fiel toda su vida.

Al entrar en el Carmelo a los quince años será plenamente consciente de que lo hace “para salvar las almas y especialmente para orar por los sacerdotes” (12). 

 

Un convento misionero

Trece años antes de nacer Teresa del Niño Jesús, el convento de Lisieux había fundado un Carmelo en Indochina, en la ciudad de Saigón.

Su fundación es una confirmación más, y harto elocuente, del dogma de la comunión de los santos.

A mediados del siglo XIX, hallábase en la cárcel de Hué, por segunda vez, y condenado a muerte, monseñor Domingo Lefebvre, celosísimo vicario apostólico de Indochina. Las constantes y sangrientas persecuciones contra los misioneros del Annam le habían convencido al piadoso prelado de la necesidad de contar dentro de este país con un monasterio contemplativo, con un grupo de almas orantes, que se inmolasen totalmente por aquella misión. Pero ¿dónde encontrar esas almas escogidas?

Encadenado estaba en un lóbrego calabozo cuando súbitamente se le aparece un día Santa Teresa de Jesús, de la que era muy devoto, y le da este mensaje lleno de esperanza: “Establece un Carmelo en el Annam: Dios será grandemente glorificado”.

A los pocos días recibe en la cárcel la noticia de que una prima suya ha profesado en el convento de Lisieux, con el nombre de Sor Genoveva de la Inmaculada Concepción.

Liberado providencialmente de la condena a muerte y de la prisión, tiempo le faltó a monseñor Lefebvre para escribir a la priora de Lisieux y pedirle le enviase algunas religiosas de su convento a fin de fundar un Carmelo en su inmensa y desgraciada misión.

La priora de Lisieux, la madre Genoveva de Santa Teresa, una “santa auténtica” de la cual sor Teresa del Niño Jesús enjugará con un pañuelo la última lágrima de su agonía, guardándolo como una reliquia y llevándolo siempre consigo juntamente con sus votos, contesta inmediatamente a monseñor Lefebvre acogiendo decididamente su petición.

El 1 de julio de 1861 parten de Lisieux tres religiosas carmelitas rumbo a Indochina. En el camino se les añadirá otra cuarta. Como priora marcha sor Filomena de la Inmaculada Concepción.

El 15 de octubre de ese mismo año se inaugura el primer Carmelo del Oriente en la ciudad de Saigón. El Señor ha bendecido a manos llenas este convento teresiano. De él han brotado, en poco más de cien años, cuarenta monasterios más (13).

Como muestra del fuerte impacto producido por estos monasterios contemplativos entre aquellos pueblos no cristianos, he aquí lo que comentaba un periódico no católico de Saigón —el Dong Nai— con ocasión del primer centenario del Carmelo de esta ciudad en 1961:

“Por los pecados y los delitos que cada uno de nosotros puede cometer, sabemos que hay una religiosa encerrada en un monasterio de clausura que está expiando por nosotros” (14).

La vocación misionera de Santa Teresa del Niño Jesús encontrará en Lisieux profundos y constantes estímulos y se transformará pronto en intensa pasión misionera que constituirá un típico elemento de toda su vida espiritual e influirá profundamente su fisonomía interior.

Adelantándose en muchos años al Concilio Vaticano II, penetrará profundamente Teresa en la misión universal de la Iglesia, que brota irreprimiblemente del hontanar divino del amor. Y de esa misión universal quiere hacerse la pregonera. 

 

Espíritu eminentemente eclesial 

Hay varios textos maravillosos en los que dejó la impronta imborrable de su alma profundamente eclesial: “El celo de una carmelita debe abarcar el mundo” (15).

“Quiero ser hija de la Iglesia, como nuestra Madre Santa Teresa, y rogar por todas las intenciones del Vicario de Cristo, sabiendo que esas intenciones abrazan al mundo entero. Este es el fin principal de mi vida” (16).

“Quisiera iluminar las almas como los Profetas y los Doctores, quisiera recorrer la tierra predicando vuestro nombre y plantando, amado mío, en tierra infiel vuestra gloriosa Cruz. Mas no me bastaría una sola misión, pues desearía poder anunciar a un tiempo vuestro evangelio en todas las partes del mundo hasta en las más lejanas islas. Quisiera ser misionera no solo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y continuar siéndolo hasta la consumación de los siglos” (17).

Por las frecuentes citas que hace sor Teresa del Niño Jesús de la doctrina de San Juan de la Cruz, se echa de ver que le causó indeleble impresión en su alma aquel profundo principio enunciado por él en su explicación a la estrofa XXIX de su “Cántico espiritual”, y que ella resume así: “El más pequeño movimiento de puro amor es más útil a la Iglesia que todas las demás obras juntas” (18).

“La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos los órganos; comprendí que tenía un corazón, y que este corazón estaba abrasado de amor; comprendí que el amor únicamente es el que imprime movimiento a todos los miembros, que si el amor llegase a apagarse, ya no anunciarían los apóstoles el Evangelio, y rehusarían los mártires el derramar su sangre. Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares porque es eterno. Y exclamé en un transporte de alegría delirante: ¡Oh Jesús, Amor mío, al fin he hallado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor! Sí, hallé el lugar que me corresponde en el seno de la Iglesia, lugar, ¡oh Dios mío!, que me habéis señalado Vos mismo; en el corazón de mi Madre la Iglesia seré yo el amor... Así lo seré todo, así se realizarán mis anhelos” (19). 

 

Estímulos para su espíritu misionero 

Este constante, ardiente y profundo espíritu misionero que orientó toda su vida religiosa era alimentado por una frecuente lectura de las vidas de ilustres misioneros y de algunas revistas de misiones, como los Anales de la Propagación de la Fe, tan conocidos por ella desde su más tierna infancia; con un contacto personal epistolar con sus dos “hermanos” misioneros y con las relaciones establecidas entre su comunidad y los Carmelos de Saigón y Hanoi, en los que había religiosas que habían profesado en Lisieux.

La hermana mayor de Teresa, sor María del Sagrado Corazón, afirma de ella: “Leía con avidez las vidas de los misioneros, porque en ellos encontraba la expresión de sus mismos deseos” (20).

Por su parte, escribe Teresa al P. Roulland: “He leído, después de vuestra partida, la vida de varios de vuestros misioneros [de las Misiones Extranjeras de París]. Leí, entre otras, la de Teófano Venard, que me interesó y emocionó sobremanera” (21).

Esta lectura marca el punto de partida de su devoción por el joven mártir del Tonkín o, por mejor decir, de una amistad o afinidad celestial. Párrafos enteros de las cartas de este apóstol serán copiados por Teresa. “Reflejan —escribe esta— mis propios pensamientos, mi alma se parece a la suya” (22).

Todo ello explica la constante presencia del tema misionero en sus oraciones y en sus sacrificios...

“Estoy convencida de la inutilidad de los remedios que tomo para curarme. Pero me las he arreglado con Dios para que se aprovechen de ellos los pobres misioneros, que ni tienen tiempo ni medios para curarse. Pido a Dios que los cuidados que a mí me prodiguen les curen a ellos” (23).

Caminaba un día a duras penas por el jardín de su convento, cuando una religiosa, viéndola jadeante, la invitó a sentarse.

“¿Sabe lo que me da fuerzas? —contestó Teresa—. Pues ando por un misionero. Pienso que allí, muy lejos, puede haber alguno casi al cabo de fuerzas en sus excursiones apostólicas, y para disminuir sus fatigas, ofrezco las mías a Dios” (24). 

 

Relación con los misioneros 

En 1895, su “Santa Madre Teresa” —como ella la llamaba— le confió su primer “hermano” espiritual. Era un seminarista aspirante a los Padres Blancos que, “inspirado” —le escribía— por la Santa Fundadora del Carmelo, “buscaba una hermana que se cuidase especialmente de su alma y de las almas que en las misiones fueran confiadas a su celo” (25).

Un sentimiento de inmensa alegría la invadió por entero. ¡Ser hermana espiritual de un sacerdote misionero! ¡Ayudarle en trabajos, participar en sus penas y alegrías, contribuir a santificar su alma y salvar las de otros!

Este primer hermano fue Mauricio Bellière, quien en la víspera de la muerte de Santa Teresa del Niño Jesús se embarcó para Argel, donde debía entrar en el noviciado de los Padres Blancos. Después de algunos años de misiones en África, se contagió con la enfermedad del sueño y volvió a Francia, donde murió en 1907 a la edad de treinta y tres años.

Un segundo hermano misionero fue el Padre Roulland, de las Misiones Extranjeras de París, quien, antes de partir para las misiones de China, pudo hablar en el locutorio de Lisieux con Teresa del Niño Jesús. Dieciséis cartas se conservan de la santa carmelita a sus dos hermanos misioneros, en las que les exhorta, con ardor cada vez más encendido, a amar más a Dios y a santificarse por las almas.

A través de ellas se advierte, más que un espíritu de “hermandad”, conmovedores aspectos de una profunda maternidad espiritual, tan propia de la que había de ser la Patrona de todos los misioneros y misioneras.

En su correspondencia frecuente y amplia con estos dos “hermanos misioneros” se echa de ver la honda y constante preocupación de sor Teresa del Niño Jesús por el formidable y urgente problema de las misiones.

Preocupación que la impulsó no solo a la ofrenda diaria de sus oraciones, de sus sacrificios y dolores por los misioneros, sino a desear partir ella misma como misionera contemplativa al Carmelo de Hanoi, fundado por el de Saigón dos años antes de su muerte.

“El Carmelo de Hanoi la había solicitado con insistencia [a sor Teresa del Niño Jesús], y deseando [esta] responder, comenzó una novena al venerable Teófano Venard, con el fin de obtener su completa curación” (26).

“Usted misma —escribe en su autobiografía dirigida a la nueva priora, madre Gonzaga— solicitó en su juventud marchar a Saigón... Los deseos de las madres suelen encontrar eco fiel en el alma de los hijos. Por eso permítame confiarle que he deseado y deseo todavía, si la Santísima Virgen me cura, dejar por una tierra extranjera el oasis delicioso en el que vivo aquí feliz bajo su mirada maternal...” (27).

“Desearía ser enviada al Carmelo de Hanoi para sufrir mucho por Dios. Si me curo, quisiera ir allí para vivir enteramente sola, sin alegría ni consuelo alguno en la tierra. Ya sé que Dios no necesita de nuestras obras, y aun estoy segura de que allí no prestaría yo servicio alguno, pero sufriría y amaría. Esto es lo que cuenta a los ojos de Dios” (28).

Previendo que su inmolación por la Iglesia misionera tiene contados sus días, pues no puede prolongarse más allá de su muerte, aspira a seguir siendo misionera desde el cielo. Este pensamiento no le abandonará ya.

La M. Inés de Jesús nos cuenta que un día la santa, al enseñarle desde el lecho del dolor un pasaje de los Anales de la Propagación de la Fe, donde se hablaba de la aparición de una santa vestida de blanco, junto a un niño recién bautizado, le dijo: “Más adelante yo bajaré con ella, junto a los niños bautizados” (29).

“Con gozo —escribe al Padre Roulland— le anuncio mi próximo ingreso en el cielo... Lo que me atrae a la patria celeste es la esperanza de amar finalmente a Dios de la manera que tanto he deseado y el pensamiento de que podré hacerlo amar de una muchedumbre de almas que lo glorificarán eternamente” (30).

“Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra”, dirá pocos días antes de expirar (31). Esta profética frase se grabará sobre su tumba de Lisieux.

Pronto una lluvia de rosas comienza a descender de lo alto sobre los que la invocan y en especial sobre los misioneros, a los que tanto amó en vida y con cuyo apostolado mantuvo tan estrechos contactos.

 

 

Patrona de las Misiones 

El año 1925, el Papa Pío XI nombraba a Santa Teresa del Niño Jesús Patrona de la Obra de San Pedro Apóstol para el Clero Indígena.

“Alimentamos la esperanza cierta —declaraba el Santo Padre— de que por intercesión de esta Santa Protectora afluyan como de una fuente inexhausta, hacia la Pía Asociación, innumerables gracias divinas. Y puesto que, por múltiples razones, la formación de un clero nativo presenta grandes dificultades, no dudamos que, a través de esta poderosa mediadora ante Dios, los obstáculos serán felizmente vencidos y los jóvenes indígenas llamados a la heredad del Señor no tardarán en experimentar el pronto auxilio de tan gran protectora” (32).

Por voluntad del mismo Santo Padre Pío XI, la Sagrada Congregación de Ritos, por un Decreto del 14 de diciembre de 1927, declara a Santa Teresa del Niño Jesús Patrona principal de todas las misiones y de todos los misioneros y misioneras del mundo, al igual que San Francisco Javier, “por razón del grandísimo ardor y celo que la consumía por dilatar la fe” (33).

El mismo Papa Pío XI, en la encíclica Rerum Ecclesiae, hacía de ella el siguiente elogio: “Aun viviendo en claustro, tomó tan de veras a su cargo el ser colaboradora de los misioneros que, como en un derecho de adopción, ofreció por ellos a su divino esposo Jesús sus oraciones, las penitencias voluntarias y de regla, y sobre todo los agudos dolores que le originaba su penosa enfermedad” (34).

Fue el clamor unánime de los obispos y sacerdotes misioneros, que reconocieron sensiblemente la protección de esta santa sobre sus empresas apostólicas, el que movió al Papa a proclamarla con este patronato misionero universal.

Justo era que la Iglesia sancionara con esta solemne proclamación ritual los vínculos estrechísimos que con el apostolado misionero había mantenido la santa durante su vida, y quería seguir manteniendo después de su muerte.

Pero lo que quizá ignoren algunos lectores es que este patronato de Santa Teresita sobre todas las misiones y los misioneros está íntimamente ligado —de nuevo entramos en la esfera misteriosa de la comunión de los santos— con la devoción que tuvo a San Francisco Javier.

Su hermana María Luisa (Madre María del Sagrado Corazón) depuso en el proceso de beatificación de Santa Teresa lo que sigue: “La caridad le hacía desear hacer el bien después de su muerte. Este pensamiento le preocupaba. En 1896 (murió la santa en 1897), del 4 al 12 de marzo, hizo la Novena a San Francisco Javier. Ella me dijo: «He pedido la gracia de hacer el bien después de mi muerte y ahora estoy segura de haberla conseguido porque por medio de esta Novena se obtiene todo aquello que se desea»” (35).

Y su hermana Paulina (María Inés de Jesús), superiora de Lisieux, atestigua: “La Santa había hecho la Novena de la Gracia a San Francisco Javier, con el fin expreso de obtener la gracia más grande de poder continuar haciendo el bien sobre la tierra después de su muerte” (36).

 

 

 

NOTAS

(1)     SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS: Obras completas, Burgos, 1969, 3.ª edición, “Ultimas conversaciones”, 15 de julio, págs. 1099 y 1100.

(2)     Ibídem, “Manuscritos”, cap. I, pág. 10.

(3)     Ibídem, “Carta al P. Bellière”, n. 231, pág. 906.

(4)     Ibídem, págs. 906 y 907.

(5)     Ibídem, “Manuscritos”, cap. VII, pág. 205.

(6)     Ibídem, “Apéndice I”, pág. 360.

(7)     Ibídem, “Ultimas conversaciones”, 12 de julio, pág. 1095.

(8)     Ibídem, “Manuscritos”, cap. III, pág. 60.

(9)     Ibídem, “Manuscritos”, cap. V, pág. 126.

(10)    Ibídem, “Consejos y recuerdos”, pág. 1261. Cf. Sr. Geneviève de la Ste.-Face, Ste. Thérèse de l’E.-J. Conseils et souvenirs, Lisieux, 1951, pág. 101.

(11)    Obras completas, “Consejos y recuerdos”, pág. 1261.

(12)    Ibídem, “Manuscritos”, cap. VII, pág. 199.

(13)    Cf. revista Il Carmelo e le sue Missioni, Roma, 1961, n. 60, págs. 212-232: “Il Centenario del Primo Monastero di Carmelitane Scalze in Terra di Missione”, P. Valentino Macea, O. C. D.

(14)    Ibídem, pág. 212.

(15)    Obras completas, “Manuscritos”, cap. X, pág. 342.

(16)    Ibídem, pág. 343.

(17)    Ibídem, “Manuscritos”, cap. XI, pág. 256.

(18)    Ibídem, “Carta al P. Roulland”, n. 191, pág. 841.

(19)    Ibídem, “Manuscritos”, cap. XI, págs. 258 y 259.

(20)    Sr. Marie del S. C., Sum., 1920, n. 773.

(21)    Obras completas, “Carta al P. Roulland”, n. 191, pág. 844.

(22)    Ibídem, “Apéndice II”, pág. 403.

(23)    Ibídem, “Ultimas conversaciones”, 21-26 de mayo, pág. 1068.

(24)    Ibídem, “Apéndice II”, pág. 277.

(25)    Ibídem, “Manuscritos”, cap. X, pág. 338ss.

(26)    Ibídem, “Apéndice II”, pág. 383.

(27)    Ibídem, “Manuscritos”, cap. IX, pág. 290.

(28)    Ibídem, “Ultimas conversaciones”, 15 de mayo, pág. 1064.

(29)    Ibídem, 25 de junio, pág. 1079.

(30)    Ibídem, “Canta al P. Roulland”, n. 225, pág. 892.

(31)    Ibídem, “Ultimas conversaciones”, 17 de julio, pág. 1102.

(32)    AAS XVIII (1926), pág. 73.

(33)    AAS XX (1928), págs. 147-148.

(34)    AAS XVIII (1926), págs. 72 y 73.

(35)    Sr. Marie del S. C., Sum. n. 807.

(36)    San Francisco Javier, Patrono de las Misiones, Pamplona, 1952, por Joaquín M.ª Goiburu, pág. 125.

 

 

 

 

Folleto editado por Obras Misionales Pontificias, Madrid 1973