Pablo, misionero por vocación


Anastasio Gil García
Subdirector Nacional de OMP - España

 

 

 

En este Año Paulino, y con motivo de la celebración de la Jornada Misionera Mundial 2008, el Papa Benedicto XVI ha dirigido un mensaje a toda la Iglesia, en el que invita a reflexionar sobre la necesidad y urgencia de anunciar el Evangelio y de conocer mejor la figura del apóstol Pablo, llamado por Dios a proclamar la Buena Nueva a todos los pueblos. Por ello, las Obras Misionales Pontificias, a través del Consejo de Pastoral que desde hace años viene funcionando en el organigrama de esta Institución misionera, han propuesto para el Día del DOMUND de este año el lema “Como Pablo, misionero por vocación” y han elaborado unos materiales informativos y formativos. Entre los primeros se pueden destacar aquellos cuya primera finalidad es provocar o despertar un cierto interés por lo misionero: cartel, cuñas publicitarias, DVDs, cartel de “Iglesia en Misión”, y fundamentalmente las revistas misioneras que se editan periódicamente en la sede de las OMP. Para la tarea más formativa reservamos las catequesis y guiones para clase de religión, la revista Illuminare, el guión litúrgico y los encuentros con las comunidades cristianas. Como consecuencia de esta tarea está la cooperación económica que en modo alguno es objetivo primario, aunque sea sumamente necesario.

 

I.  Pablo de Tarso, apóstol, pastor y maestro

En el seno de los organismos eclesiales que atienden la actividad misionera de la Iglesia se recibieron con mucha alegría las primeras noticias sobre este Año Jubilar paulino. La figura del apóstol de los gentiles es paradigmática en el quehacer misionero de la Iglesia. Recordemos desde el principio dos momentos de la vida de Pablo en los que se ve claramente la llamada que Dios hace a Paulo, independientemente de sus cualidades personales y de la situación de paganismo en la que vivían sus coetáneos. En Antioquía la comunidad cristiana está en sus comienzos. Todos los recursos disponibles son claramente insuficientes y, sin embargo, el Espíritu de Dios provoca la “salida” a otros lugares y fronteras de alguno de sus miembros más cualificados: “Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: «Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los tengo llamados.» Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los enviaron” (Hch 13, 2-3). En Tróade, cuando todo les es adverso, Dios llama a Pablo “desde fuera”. En este caso son los alejados quienes propician el envío misionero: “Por la noche Pablo tuvo una visión: Un macedonio estaba de pie suplicándole: «Pasa a Macedonia y ayúdanos.»  En cuanto tuvo la visión, inmediatamente intentamos pasar a Macedonia, persuadidos de que Dios nos había llamado para evangelizarlos“ (Hch 16, 9-10). He aquí dos rasgos significativos de la llamada a la misión. El Espíritu suscita en la comunidad cristiana la necesidad de cooperar con la expansión del Evangelio. Es una comunidad que desde sus inicios experimenta la dimensión misionera como constitutiva de su propia identidad. En el segundo de los casos la llamada es desde el exterior. La situación de los alejados golpea con fuertes aldabonazos la conciencia de quien pudiera creer que lo primero es seguir mirando hacia las necesidades de dentro.

 

En ambos casos Pablo responde con generosidad y prontitud. Ante la llamada hay una respuesta a la misión. La contemplación de estas dos escenas lleva a desvelar que Pablo es misionero no sólo del pasado, sino que sigue siendo paradigmático para la actualidad. Su actualidad fue puesta en escena por Benedicto XVI en la tarde del 28 de junio al preguntarse con acierto: “Nos preguntamos, no solo: ¿Quién era Pablo? Nos preguntamos sobre todo: ¿Quién es Pablo?, ¿Qué me dice?”. Fue s el mismo Benedicto XVI quien dio la respuesta en la posterior catequesis del miércoles 2 julio 08. “El apóstol Pablo es un paradigma de primer plano, de quien todos tenemos todavía tanto que aprender y este es el objetivo del Año Paulino: aprender de San Pablo la fe, aprender de él quién es Cristo, aprender, en último término, el camino para una vida recta”. Desde la perspectiva misionera descubrimos en Pablo: a quien proclama la Buena Noticia donde aún Jesús no ha sido anunciado; al pastor que cuida, dirige y anima las comunidades de reciente implantación; y al maestro que profundiza desde la fe en el mensaje recibido y transmitido.  

 

II.    Apóstol por vocación, no por conversión 

Mientras Lucas cuenta con abundancia de detalles el encuentro con el Resucitado que le cambió la vida, él en sus cartas va a lo esencial y no habla sólo de una visión (cf. 1 Co 9,1), sino también de una iluminación (cf. 2 Co 4,6) y sobre todo de una revelación y una vocación: “Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo a hombre alguno, ni subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde volví a Damasco. Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía” (Ga 1,15-18). De hecho, se definirá explícitamente "apóstol por vocación" para subrayar que su conversión no fue resultado de pensamientos o reflexiones, sino fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes tenía valor para él se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura (cf. Flp 3, 7-10). Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Desde entonces su vida fue la de un apóstol deseoso de "hacerse todo a todos" (1 Co 9, 22) sin reservas.

En efecto, cuando el apóstol de la gentes se presenta a sí mismo, al inicio de las cartas, manifiesta una clara autoconciencia de llamado al apostolado:

-“Pablo, esclavo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, escogido para el evangelio de Dios” (Romanos 1,1-2).

-“Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios” (1 Corintios 1,1).

-“Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios” (2 Corintios 1,1).

-“Pablo, apóstol, no de parte de hombres ni por mediación de ningún hombre, sino por Jesucristo y por Dios Padre” (Gálatas 1,1).

-“Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios” (Efesios 1,1 y Colosenses 1,1).

 

En efecto, en Pablo se ve cómo el concepto de “apóstol” no es y no puede ser un título honorífico, sino que empeña concretamente y también dramáticamente toda la existencia del sujeto interesado. En la primera carta a los Corintios, Pablo exclama: "¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? (9,1). 

 

III.  Llamado y constituido apóstol

La vocación apostólica de Pablo fue pura gracia. En Romanos 1,5, dirá: “Jesucristo, Señor nuestro; por quien recibimos la gracia y el apostolado”; y en Gálatas 2,7-9: “Viendo que me ha sido confiado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión, -pues el que infundió fuerza a Pedro para el apostolado de la circuncisión, me la infundió también a mí para el de los gentiles-, y reconociendo la gracia que me ha sido dada, Santiago, Cefas y Juan, los que eran considerados columnas, nos dieron las diestras en prenda de comunión a mí y a Bernabé”.

 

Tres son las notas que dibujan en el horizonte la personalidad del apóstol Pablo: 

"Haber visto al Señor" (cfr 1 Cor 9,1), es decir, haber tenido con él un encuentro determinante para la propia vida. El apóstol no se hace a sí mismo, sino que lo hace el Señor; por tanto, necesita referirse constantemente al Señor. No es casualidad que Pablo diga ser "apóstol por vocación" (Rm 1,1), es decir, "no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre" (Gal 1,1). Esta es la característica: haber visto al Señor, haber sido llamado por Él.

 

"Haber sido enviado" a actuar como encargado y representante de un mandante. Por eso Pablo se define "apóstol de Jesucristo" (1 Cor 1,1; 2 Cor 1,1), o sea, delegado suyo, puesto totalmente a su servicio, hasta el punto de llamarse "siervo de Jesucristo" (Rm 1,1). Sobre todo subraya el hecho de que ha recibido una misión de parte de Él que hay que cumplir en su nombre, poniendo absolutamente en segundo plano cualquier interés personal.

 

"Anunciar del Evangelio", con la consiguiente fundación de Iglesias. El llamarse "apóstol” no es y no puede ser un título honorífico, sino que implica concreta y dramáticamente toda la existencia del sujeto interesado. Análogamente, en la segunda carta a los Corintios, afirma: "Vosotros sois nuestra carta..., sois una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo" (3,2-3). 

 

IV.    Pablo, misionero y pastor de la Iglesia  

Aunque responsabilidad misionera está en la entraña del bautismo, sin embargo existe una vocación misionera específica. Digámoslo con palabras del Concilio Vaticano II:  “Aunque a todo discípulo de Cristo incumbe el deber de propagar la fe según su condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los que quiere para que lo acompañen y los envía a predicar a las gentes. Por lo cual, por medio del Espíritu Santo, que distribuye los carismas según quiere para común utilidad, inspira la vocación misionera en el corazón de cada uno y suscita al mismo tiempo en la Iglesia Institutos, que reciben como misión propia el deber de la evangelización, que pertenece a toda la Iglesia. Porque son sellados con una vocación especial...” (AG, 23).

 

Esta llamada específica tiene algunos rasgos que pudieran descubrirse en la persona de Pablo y que le constituyen como misionero y pastor de la Iglesia.  

 

1. Su fe, fuente y origen de entrega misionera

Lo primero que se descubre en el apóstol Pablo es su fidelidad al proyecto misionero de Dios, como “encadenado por el Espíritu” (Hch 20,22). Desde el momento que se incorpora a la Iglesia por el Bautismo deja que la fuerza interior de su fe se difunda allí donde el misterio Salvador no es conocido. El encuentro con el Resucitado transforma su pensamiento y su misma vida. El esplendor del Resucitado le deja ciego... pero después su definitivo "sí" a Cristo en el Bautismo reabre de nuevo sus ojos... La fe bautismal hace de él un verdadero testigo de la resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos, al mundo greco-romano. Es misionero. A la vez, esta fe bautismal le introduce en la comunión de la Iglesia para vivir en sintonía con los demás apóstoles. Es pastor. Sólo en esta comunión con todos él podrá ser un verdadero misionero y pastor, como escribe explícitamente en la primera Carta a los Corintios: "Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído" (15, 11). 

 

Pío XII recordaba que el don de la fe debe traducirse en compromiso misionero como respuesta agradecida al don de Dios. Con excesiva frecuencia se argumenta la necesidad de la acción misionera desde el mandato del Señor: “Id y anunciad...”. Sin embargo, la necesidad de salir al encuentro del otro no es tanto por cumplir un mandato cuanto por corresponder a una gracia. Es la respuesta agradecida al don recibido. Por eso dirá Pablo que evangelizar no es para él un deber sino una necesidad: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!  Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado.  Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio” (Hch 9,16-18).

 

Así sucede en los bautizados: la llamada a la misión está en la entraña misma del Bautismo. Ser bautizado es implicarse en la tarea misionera de la Iglesia como le recordaba el Papa Juan Pablo II en su encíclica misionera: “La necesidad de que todos los fieles compartan tal responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia apostólica, sino de un deber-derecho basado en la dignidad bautismal” (RM, 71)

 

2. La acción misionera, expresión del amor

Benedicto XVI en el inicio de su encíclica Deus caritas est subraya la primacía del amor más allá del mismo mandato del amor: como Dios es amor y nos ha amado primero, el amor no es ya un mandato sino una respuesta al don del amor que nos ha sido regalado (n. 1). Ese amor, añadía, no puede conservarse de modo egoísta en el seno de la Iglesia sino que está llamado por su dinamismo a  rebasar sus propias fronteras (n. 25). Hoy más que nunca debemos elaborar una espiritualidad misionera que nos ayude a descubrir que no se trata tanto de cumplir con el deber misionero cuanto de comunicar a todos el gozo de lo que hemos recibido. A ello estamos llamados todos los cristianos en cuanto partícipes y responsables de la misión que arranca de la Trinidad,  cuya vida es el amor mutuo y recíproco entre las divinas Personas. Jesús, el primer misionero,  dedicó su vida al anuncio del Evangelio del Reino, para que los hombres reconocieran el amor del Padre  y vivieran la conversión como experiencia de filiación y de fraternidad.  Su filiación eterna la realiza como entrega constante en favor de los otros, de los más necesitados y menesterosos, participando de los dramas de la historia humana, entregando su vida como  sacrificio que vence toda oposición y violencia.

 

En Pablo, la misión tiene como fuente el amor: Confiesa que la vida que está viviendo al servicio del Evangelio, la entrega de su existencia a la expansión del Reino, “la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20). Y como correspondencia tiene la urgencia de la acción misionera: “Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5,14). En consecuencia urge que Él reine: “Porque él debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies” (2 Cor 15,25).

 

Lo que realmente transforma al cristiano en misionero es la certeza de que su donación al otro es el amor que proporciona la fuerza interior para la misión y a la vez se constituye en su proyecto de vida. En efecto, esta donación amorosa es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad… 

 

3. El misionero: una entrega sin fronteras

El encuentro de Pablo con el Resucitado marca de manera determinante el sentido de su vida. Jesús le hace ver la grandeza de convertirse en testigo de quien hasta ese momento trata de perseguir y Pablo descubre, de manera sorprendente, su vocación misionera al relatar el mensaje de Ananías: “Él me dijo: `El Dios de nuestros padres te ha destinado para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, pues le has de ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo” (Hch 22,14-16). Se produce una identificación entre Evangelio y evangelizador, ambos destinados a la misma suerte. “Nadie como Pablo, de hecho, ha puesto en evidencia cómo el anuncio de la cruz aparece como "escándalo y necedad (1 Cor 1,23), al que muchos reaccionan con incomprensión y rechazo. La identificación es tal que a tal misión Pablo entrega toda su existencia “¡podríamos decir las veinticuatro horas! Y cumplía su ministerio con fidelidad y con alegría, "para salvar a toda costa a alguno" (1 Cor 9,22)”. (Benedicto XVI, 10 septiembre 2008).

 

El “serás un instrumento de elección para que lleve mi nombre ante las gentes” que le dice el Señor por medio de Ananías es confirmado por el mismo Pablo al sentirse orgulloso de haber sido enviado a “anunciar el Evangelio allí donde el nombre de Cristo aún no es conocido” (Rom 15,20). Su preocupación misionera se concretaba en la “solicitud por todas las Iglesias” (2Cor 11,28). “El Evangelio que oísteis, que ha sido proclamado a toda criatura bajo el cielo y del que yo, Pablo, he llegado a ser ministro” (Col 1,23). Por esto el anuncio debe ser hecho a todos “los pueblos, como coherederos y copartícipes de las promesas en Cristo Jesús, por medio del Evangelio” (Ef 3,6). Pero nada más elocuente que su discurso en el Areópago de Atenas:

 

Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: «Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad.  Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: `Al Dios desconocido.' Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar. «El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por mano de hombres;  ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas. Él creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que h habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros;  pues en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,22-28).

 

Esta perspectiva de universalidad y sin fronteras abre grandes horizontes en el compromiso misionero. Entraña desde el principio la necesidad  de una renovada espiritualidad encarnada en una profunda fe en el misterio de Dios, revelado en Jesucristo y actualizado por la fuerza del Espíritu. Entonces la oración y la contemplación pasan de nuevo a ocupar la centralidad de la vida misionera porque sólo desde la contemplación del rostro de Cristo se puede descubrir a cada persona que necesita descubrir a Dios, y sólo desde la contemplación del rostro de los hombres se puede acceder a Dios Amor. Así el misionero se transforma en un creyente sin fronteras, digno de ser admirado no tanto por lo que hace sino por qué lo hace. 

 

V.   Actualidad de Pablo como misionero y maestro 

 “La visión universalista típica de la personalidad de san Pablo, al menos del Pablo cristiano que surgió tras la caída en el camino de Damasco, debe ciertamente su impulso básico a la fe en Jesucristo, en cuanto la figura del Resucitado supera todo particularismo. De hecho, para el apóstol "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gal. 3, 28). Ahora bien, la situación histórico-cultural de su tiempo y ambiente también influyó en sus opciones y compromiso. Alguien ha definido a Pablo como "hombre de tres culturas", teniendo en cuenta su origen judío, su idioma griego y su prerrogativa de "civis romanus", como lo testimonia también el nombre de origen latino” (Benedicto XVI, 2-VII-08). Este misionero de ayer se nos presenta como paradigma del misionero de hoy, al menos en el compromiso de algunos rasgos específicos: 

 

1.      Misionero cree que en el hombre

A partir del encuentro con Cristo resucitado, San Pablo refiere cómo el Espíritu Santo le fue llevando de un lugar a otro para evangelizar. Al ser consciente de que Dios les requería para evangelizar en Macedonia lo hacen de modo inmediato: “Persuadidos de que Dios nos había llamado para evangelizarles” (Hch 16,10). Este modo de proceder responde más del hecho antropológico que del mandato misionero. Dios ha depositado en el interior del hombre su “capacidad” para encontrarse con Él: “De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y comportamientos religiosos” (CCE, 28).

 

Uno de los fundamentos de la evangelización es el reconocimiento de que el hombre camina a la búsqueda de Dios, quien por su parte sale a su encuentro para transformarle por dentro, renovando de esta manera a la misma humanidad “En el Hijo único, y por medio de Él, se renovarán las relaciones de los hombres con Dios, con los demás hombres, con la creación entera. Por eso el anuncio del Evangelio puede contribuir a la transformación interior de todas las personas de buena voluntad que tienen el corazón abierto a la acción del Espíritu Santo”(Ecclesia in Africa, 55).

 

Más aún, Tertio Millennio Adveniente subraya que una de las peculiaridades de la fe cristiana es que no es el hombre el que ha buscado a Dios, sino que es Dios quien ha buscado al hombre y se ha acercado a él, de modo especial e insuperable  por medio de la Encarnación. Dios en Jesús ha buscado a cada hombre, a todo el hombre y a todos los hombres (nn. 6-7). Cualquier destello de verdad, que Dios ya ha sembrado en el corazón humano, se dirige necesariamente hacia la verdad completa, que Dios nos ha manifestado por su revelación en Cristo.

En definitiva, el encuentro de Dios con el hombre tiene su origen e iniciativa en Dios, pero es realizado, “encarnado”, en la realidad social y concreta de cada persona. Y es en este ámbito cultural donde es posible la evangelización. Pues toda cultura "tiene en sí misma la posibilidad de acoger la revelación divina", pero a la vez necesita la gracia y el testimonio cristiano, que sabe acogerla, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito, hacia su plena explicitación en la verdad (Cfr. Juan Pablo II Fides et ratio 15;23; 71).

 

“El compromiso misionero de Pablo no tiene límites: “Sintiendo agudamente el problema del acceso de los gentiles, o sea, de los paganos, a Dios, que en Jesucristo crucificado y resucitado ofrece la salvación a todos los hombres sin excepción, se dedicó a dar a conocer este Evangelio, literalmente "buena nueva", es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás. Desde el primer momento había comprendido que esta realidad no estaba destinada sólo a los judíos, a un grupo determinado de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos, porque Dios es el Dios de todos” (Benedicto XVI 25-10-06). 

 

2.      Misionero y el camino de la inculturación

Inculturación entendida como proceso mediante el cual la revelación del misterio de Dios se ‘encarna’ en las diferentes culturas. “El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado” (NMI, 40).

 

Refiréndose al Continente africano Juan Pablo II describe la doble dimensión de la inculturación: “por una parte, «una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo» y, por otra, «la radicación del cristianismo en las diversas culturas humanas»”(Ecclesia in Africa, 59). 

 

La misión está llamada a incorporar a su tarea una inculturación renovada siempre y cuando tenga en cuenta y respete su compatibilidad con el mensaje cristiano y la comunión con la Iglesia universal. El primer anuncio del evangelio, a nivel de conciencia y a nivel de culturas religiosas, necesita ser representado en un proceso de inculturación, por el que se respete la preparación del evangelio que ya existe en toda cultura, mientras se ayuda a purificar los obstáculos que impiden llegar a la plenitud o madurez en Cristo.

Pablo se presenta en la frontera de tres culturas diferentes – romana, griega y judía- y tal vez por este motivo esté predispuesto a fecundas aperturas universales, a una mediación entre las culturas, a una verdadera universalidad. “La visión universalista típica de la personalidad de san Pablo, al menos del Pablo cristiano que surgió tras la caída en el camino de Damasco, debe ciertamente su impulso básico a la fe en Jesucristo, en cuanto la figura del Resucitado supera todo particularismo. De hecho, para el apóstol "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gal. 3,28). Ahora bien, la situación histórico-cultural de su tiempo y ambiente también influyó en sus opciones y compromiso. Alguien ha definido a Pablo como "hombre de tres culturas", teniendo en cuenta su origen judío, su idioma griego y su prerrogativa de "civis romanus", como lo testimonia también el nombre de origen latino” (Benedicto XVI, 2-VII-08).  

 

3.     Misionero al encuentro del otro

El misionero se caracteriza por el deseo de “salir” de sí mismo para ir al encuentro del otro. Está persuadido de que tiene algo que aportar y mucho que recibir. Ser misionero es dejar tu tierra, tu familia, tu proyecto de vida... e ir al encuentro del otro para caminar justos. Es la razón por la que la Iglesia de Antioquía envían a Pablo y a Bernabé para la misión: “Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: «Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los tengo llamados.»  Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los enviaron” (Hch 13, 2-3).

 

A esta primera “salida” de Pablo como misionero siguieron otras muchas. Pablo fue un misionero infatigable. No se trata de desentrañar los grandes y arriesgados viajes que realiza recorriendo miles de kilómetros por Palestina, Siria, Asia Menor, Macedonia, Gracia, Italia y probablemente España. Se trata más bien de descubrir la estrecha relación que existe entre el mensaje que anuncia y su propia persona. El Evangelio que anuncia “fuerza de Dios para salvación de todo el que cree (Rom 1,16) se manifiesta fundamentalmente en su vida. Más bien su vida misionera fue un continuo caminar anunciando el Evangelio. “Pues no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por medio de mí para conseguir la obediencia de los gentiles, de palabra y de obra,  en virtud de signos y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios, tanto que desde Jerusalén y su comarca hasta Iliria he dado cumplimiento al Evangelio de Cristo” (Rom 15, 18-19). Vive de Cristo y con Cristo: dándose a sí mismo; ya no buscándose ni construyéndose a sí mismo. Esta es la nueva justicia, la nueva orientación que nos da el Señor, que nos da la fe. Ante la cruz de Cristo, expresión máxima de su entrega, ya nadie puede gloriarse de sí mismo, de su propia justicia, conseguida por sí mismo y para sí mismo.  

 

4.     Misionero que ama “pacientemente” al otro.

Ama apasionadamente a las Iglesias y trata a todos con el amor paciente de Dios: “Cuando habla de su "preocupación por todas las Iglesias" (2 Co 11, 28), piensa en las diferentes comunidades cristianas constituidas sucesivamente en Galacia, Jonia, Macedonia y Acaya. Algunas de esas Iglesias también le dieron preocupaciones y disgustos, como sucedió por ejemplo con las Iglesias de Galacia, que se pasaron "a otro evangelio" (Ga 1, 6), a lo que él se opuso con firmeza. A pesar de todo muestra su amor a los que ha conocido y acercado al Evangelio. Así define a los filipenses "hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona" (Flp 4, 1), o compara a las diferentes comunidades con una carta de recomendación: "Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres" (2 Co 3, 2), o les muestra un verdadero sentimiento no sólo de paternidad, sino también de maternidad: "hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros" (Ga 4, 19).

 

La vida del misionero es uno de los iconos más atractivos de Dios para el hombre hoy, que es rico en piedad, con una paciencia “infinita”. Quienes trabajamos en la animación misionera cada día aprendemos de los misioneros la razón fundamental de su entrega vocacional: “Alegrarse y gozar con la existencia del otro”. Bien le iría a la pastoral ordinaria mirar con frecuencia al Dios paciente que sabe esperar y está cierto que “la hierba también crece en la noche”. La dimensión universal de la misión implica la certeza de que la vida de fe se va expandiendo en todas partes y cualquier dirección. Vale la pena traer a nuestra consideración el trabajo escondido y “estéril” de tantos misioneros que gastan toda su vida en países y culturas donde no es posible visualizar el rostro de Dios. Años sin aparentes frutos, sin conversiones. Ni siquiera pueden practicar el ejercicio de la caridad porque es mal entendido como una forma indirecta de predicación del Evangelio. Y no por eso se desaniman o retornan a sus lugares de origen. Perseveran en la tarea iniciada. Esta es sin duda la principal misión de quienes tienen la tarea de la animación misionera en la Iglesia local: suscitar la vocación a la misión y no la persuasión por incrementar la cooperación económica. “La promoción de estas vocaciones es el corazón de la cooperación: el anuncio del Evangelio requiere anunciadores, la mies necesita obreros, la misión se hace, sobre todo, con hombres y mujeres consagrados de por vida a la obra del Evangelio, dispuestos a ir por todo el mundo para llevar la salvación.... Debemos preguntarnos por qué en varias naciones, mientras aumentan los donativos, se corre el peligro de que desaparezcan las vocaciones misioneras, las cuales reflejan la verdadera dimensión de la entrega a los hermanos. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada son un signo seguro de la vitalidad de una Iglesia” (RM, 79).

 

En el origen de este planteamiento pudiera vislumbrarse un rasgo singular de la vida de Pablo. Lo recordamos con palabras de Benedicto XVI en el acto inaugural de este año paulino: “En la Carta a los Gálatas, abre su corazón frente a los lectores de todos los tiempos y revela cual es el resorte más íntimo de su vida "Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí". Todo aquello que hace Pablo, parte de este centro. Su fe es la experiencia del ser amado por Jesucristo de manera totalmente personal; es la conciencia del hecho que Cristo ha enfrentado la muerte no por algo anónimo, sino por amor a él- a Pablo- y que, como resucitado, lo ama todavía, que Cristo se ha donado por él. Su fe es el ser alcanzado por el amor de Jesucristo, un amor que lo perturba hasta lo más íntimo y lo transforma. Su fe no es una teoría, una opinión sobre Dios o sobre el mundo. Su fe es el impacto del amor de Dios sobre su corazón. Y así, esta misma fe es amor por Jesucristo” Y como tarjeta de visita en su primera carta dirigida a los tesalonicenses dice su modo misionero de proceder: "tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas....Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia…" (1Tes 2,2-4).  

 

5.     Misionero que entrega la misión recibida

Uno de los rasgos de Pablo como apóstol de Jesús es la transmisión de la misión recibida. Es innumerable la relación de los discípulos y colaboradores que se van uniendo a la tarea evangelizadora de Pablo. En alguna ocasión se ha llegado a decir que parecía un “seminario ambulante”.

 

De sus colaboradores destacamos algunos detalles:

Los primeros que aparecen entre sus más fieles colaboradores son: Bernabé, Silas, Timoteo, Tito y Lucas. Más tarde se suman Juan Marcos, Arstarco, apolo y Títico.

Unos son sacerdotes judíos, otros son simples fieles. También hay familias completas.

Las mujeres son un grupo muy numeroso. Incluso en algún caso ellas son citadas antes que sus maridos, cosa bien inusual.

Diversidad de tareas: unos se dedican a la predicación acompañándole o evangelizando en otros lugares; otros le hospedan e sus casas; otros se encargan de llevar limosnas de unas iglesias a otras.

 

A todos ellos Pablo les inicia en su misión misionera, no con sabias palabras, sino con el testimonio de su vida, sintetizado en su despedida de Timoteo cuando le anuncia la inmediatez de su muerte: “Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación” (2 Tim 4,6-8).  

 

Conclusión

Quisiera concluir subrayando el rasgo más específico de Pablo como misionero: su debilidad que le lleva a poner toda su confianza en Dios. Dios es su fuerza: “Y por eso, para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza».Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo.  Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12,7-10).

 

El encargo del anuncio y la llamada al sufrimiento por Cristo van inseparablemente juntos. La Llamada a ser el maestro de las gentes es al mismo tiempo e intrínsecamente una llamada al sufrimiento en la comunión con Cristo, que nos ha redimido mediante su Pasión. En un mundo en el que la mentira es potente, la verdad se paga con el sufrimiento. Quien quiere esquivar el sufrimiento, tenerlo alejado de sí, tiene alejada la vida misma y su grandeza; no puede ser servidor de la verdad y así servidor de la de. No hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia de sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Allí donde no hay nada que valga que por ello se sufra, también la misma vida pierde su valor. La eucaristía -el centro de nuestro ser cristianos- se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, ha nacido del sufrimiento del amor que en la Cruz encontró su culmen. A la luz de todas las cartas de san Pablo vemos como en su camino de maestro de las gentes se ha cumplido la profecía de Ananías: "Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre". Su sufrimiento lo hace creíble como maestro de verdad, que no busca su propio provecho, la propia gloria, el placer personal, mas se empeña pro Aquel que nos ha amado y nos se ha dado a sí mismo por todos nosotros!” (Benedicto XVI 28-VI-08).  Y podríamos concluir con el recuerdo que él hace de su vida: “Tuve que soportar trabajos..., cárceles..., azotes; muchas veces peligros de muerte. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias" (2 Co 11, 23-28).  

 

VIII Encuentro Interdiocesano de Catequistas, Provincia Eclesiástica de Granada,
Jaen, septiembre 2008