Misión y Caridad en el Magisterio de la Iglesia


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

Las últimas palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo rezan: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19-20). Esta es en síntesis la misión de la Iglesia: hacer a todas las gentes discípulos de Cristo y lograr que vivan las enseñanzas del Maestro.

Dicho con palabras de Juan Pablo II en Redemptoris missio, encíclica de la que celebramos su vigésimo aniversario: “El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra [...] es «dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo»” (RM 4). El propio Juan Pablo II concretaba las tareas de la misión de la Iglesia en tres (cf. RM 20): el anuncio de Jesucristo y su evangelio, la formación y maduración de comunidades cristianas, y la promoción humana y la encarnación de los valores evangélicos.

En este sentido, son clarividentes las palabras con las que comienza la constitución pastoral Gaudium et spes: “El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón. Pues la comunidad que ellos forman está compuesta por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y han recibido el mensaje de la salvación para proponérselo a todos. Por ello, se siente verdadera e íntimamente solidaria del género humano y de su historia”.

Este texto, en primer lugar, nos habla sobre el modo de estar en el mundo. Estamos y nos relacionamos con el mundo desde las resonancias de nuestro corazón, desde las resonancias de nuestras entrañas. Nuestro modo de estar en el mundo es sintiendo, y haciendo nuestro lo que sentimos.

En segundo lugar, nos habla de nuestro ser, de nuestra identidad. El ser de la Iglesia consiste en ser una comunidad reunida en Cristo que es guiada por el Espíritu hacia el Reino, ofreciendo el Evangelio a todos, y esto siendo solidaria con el género humano y su historia. Este ser de la Iglesia que nos presenta el Concilio hunde sus raíces en el Misterio de Cristo –Encarnación, Muerte y Resurrección–, que es el centro, el culmen y el horizonte de la historia de la Salvación. Cristo es la Palabra que condensa e ilumina todas las palabras dichas por el Padre a lo largo de la historia. Cristo es la Palabra del Dios de la misericordia: del Dios que crea y coloca en las manos de todos los hombres su creación, que escucha el llanto de su pueblo y lo libera de Egipto, que a través de los profetas pide a todos misericordia y no sacrificios, que fija su mirada y su ternura en la viuda, el huérfano y el extranjero.

Jesús, el Cristo, es el enviado del Padre a anunciar la Buena Noticia a los pobres, es el que proclama la voluntad del Padre en las Bienaventuranzas, es el que nos anuncia que el juicio del Padre será un juicio sobre el amor. Y la comunidad creyente, la Iglesia, es la enviada a anunciar la Buena Noticia a todos, es la enviada a evangelizar. Esta es la misión de la Iglesia, su profunda razón de ser.

 


Revista Misioneros Tercer Milenio, diciembre de 2010