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Sabemos que el ser humano, en el afán de ser autónomo, intenta desviar la mirada de Dios y busca sucedáneos en el materialismo y hedonismo. No obstante hay una gran sed de amor y de fe. Las realidades finitas nunca llenan el corazón del hombre y menos pueden darle la garantía de eternidad. El “solo Dios basta” de Santa Teresa expresa la vocación más genuina del ser humano. No se puede dejar aparcado a Dios por mucho tiempo porque a la vuelta de la esquina de la vida nos volvemos a encontrar con Él. Dios tiene sus maneras para llevarnos por los caminos más impensables; es la fuerza amorosa de un Padre que nos ama y no tiene reparo en esperar todo lo que sea necesario.
A este Dios sorprendente, lleno de ternura, nos debemos confiar. Hay muchos que se lo plantean con seriedad y se entregan generosamente para ser “lenguaje vivo” de este amor a Dios. Son los consagrados, que se han mirado como en un espejo y han contemplado el rostro del Dios vivo y por Él se entregan a los demás.
De ahí que “la vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que, entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial” (Código de Derecho Canónico, c.573).
A lo largo de la historia del árbol de quienes profesan los consejos evangélicos, que son pobreza, virginidad y obediencia, han surgido numerosas ramas. Por eso, en la Iglesia hay muchas formas de institutos de vida consagrada, “que han recibido dones diversos, según la gracia propia de cada uno: pues siguen más de cerca a Cristo ya cuando ora, ya cuando anuncia el Reino de Dios, ya cuando hace el bien a los hombres, ya cuando convive con ellos en el mundo, aunque cumpliendo siempre la voluntad del Padre” (id.,c.577). Son como un jardín donde hay distintas flores. Pero lo embellecen con su diversidad. Todos y cada uno de los carismas son, por participación, signos de la belleza suma que es Dios. En unos predomina la vida contemplativa: monasterios. Otros se dedican al apostolado en ambientes distintos de la sociedad como la enseñanza, la sanidad, la marginación...: las comunidades religiosas. También los hay que ponen como objetivo fundamental las tareas de la misión: religiosos misioneros. Y otros se consagran en la vida cotidiana en medio del mundo.
Es común a todos ellos asumir la vida consagrada por medio de votos públicos, tener vida fraterna en común y, en cierto modo, estar apartados del común hacer de la sociedad. Todo lo asumen con gran alegría y con un espíritu de entrega al ser humano. No se repliegan sobre sí mismos y menos aún se desentienden de los problemas de los hombres. Si la sociedad tiene un rostro agradable, este es el de los consagrados. Ellos trazan su vida desde el amor a Dios y al prójimo y esta es la mejor consagración. Por esto ¡¡¡vale la pena consagrarse!!!
Revista Misioneros Tercer Milenio, febrero de 2010
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