| |
Cuando era niño y llegaba el día de las Misiones, el domingo mundial dedicado a rezar y a solidarizarse con los misioneros, siempre me venía un deseo interior de hacer lo mismo que hacían esos misioneros. Leía pequeñas historias que salían en las revistas a ellos dedicadas y dentro de mí seguía el mismo sentimiento de ser misionero; veía en ellos personas generosas y valientes. El sacerdote del pequeño pueblo donde vivía nos convocaba a los niños y nos impartía catequesis especiales sobre los “testigos de la fe”; así llamaba a los misioneros.
Un día estábamos rezando y de pronto sentí en mi interior de niño una luz que me parecía no se apagaba; en ese momento el párroco nos indicaba que creer es llevar dentro la Luz de Jesús, porque Él nos ha dicho que es la Luz del mundo. Desde entonces los momentos de oración se han convertido en los momentos más luminosos de mi vida. A pesar de las tinieblas y de las oscuridades que la misma vida lleva consigo, esta Luz nunca se me ha ocultado.
Creer no es algo que uno se impone, sino que es una luz, una gracia recibida que te invade y que nunca se apaga. Cuando los discípulos estaban en el Cenáculo, faltaba Tomás, y Jesús se les aparecía resplandeciente de luz. Los discípulos refieren a Tomás lo que han visto y sentido, y él no cree. Por eso la fe no se puede explicar, sino que se ha de experimentar, y la forma mejor, en quien la tiene, es mostrarla, regalarla y ofrecerla sin imponerla. Cuando Tomás ve a Jesús –porque la fe te hace ver a Jesús–, siente entonces que el mismo Cristo le abraza, asegurándole que serán felices los que crean aun cuando no lo vean como él lo está viendo. No es necesario “verlo” para sentirlo, puesto que hay cosas que no se ven pero se sienten. La luz de la fe es más fuerte que cualquier visión que pueda existir. Cristo es más resplandeciente que la misma luz del sol, no tiene parangón.
El sacerdote de mi pueblo nos contaba a los niños la vida de Jesús con tal convicción que nos dejaba “con la boca abierta”. No eran narraciones bonitas como pudieran ser los cuentos o las fábulas; nos ayudaba a hacernos amigos de un Amigo que nunca habíamos conocido y al cual, recuerdo, tuve como el mejor compañero. Creer, por lo tanto, no era saber muchas cuestiones o hacer cosas extrañas, sino vivir una amistad que vale más que ninguna otra cosa.
En muchas ocasiones, a escondidas, me escapaba de casa para ir a visitarlo a la iglesia de mi pueblo, porque el sacerdote me decía que en el Sagrario –muy escondido–, allí estaba Él. Y era verdad, yo le sentía muy cercano. No me hablaba pero me entendía, no jugaba pero me divertía, no estudiaba pero me enseñaba, no me acariciaba pero me amaba, no le veía pero le sentía. Yo le miraba y Él me sonreía, me ayudaba y no me daba cuenta. ¡Qué feliz era cuando estaba a su lado! ¡Qué dicha la de creer!
Revista Misioneros Tercer Milenio, junio de 2007
|
|