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A veces me he preguntado si sonreír sigue teniendo sentido cuando las prisas, el trabajo, las situaciones adversas nos acosan por todas partes. La respuesta egoísta me dice que no tiene sentido sonreír porque se pierde tiempo y no conviene desperdiciarlo. Además –si de egoísmo se trata– dedicar una sonrisa no tiene nada de pragmático, todo lo más es algo sentimentalista que se paga a bajo precio. Sin embargo, me agrada cuando alguien con buen estilo me sonríe y me hace sentir, en el fondo, reconocido como persona. Estoy convencido de que a veces se dan situaciones interesadas, con atisbos de complicidad no sana y con finalidades egoístas. No obstante apuesto más por la sonrisa que por la frialdad en el trato.
La razón de este modo de sentir y pensar me la ha hecho reconocer, una vez más, la celebración de Pascua. Momentos de hondo sentimiento religioso y de sentido único para el que cree. Sin la fiesta pascual nada tendría sentido en la vida cristiana. Es ella la que desborda de alegría al que se acerca con disposición abierta y generosa. Me resulta siempre gratificante constatar que los apóstoles saltaban de alegría y superaban todos los obstáculos después de Pascua. Habían pasado por el túnel oscuro de la pasión de Cristo y de su muerte ignominiosa pero, al final, sus promesas se habían cumplido. Y esto no lo sentían como un momento más o menos bonancible sino que lo vivían como una experiencia nueva que cambiaba todos los parámetros oscurantistas anteriores. ¡La alegría nadie se la podrá robar!
Una persona alegre lo muestra en todos los poros de su ser: en el semblante, en la mirada, en la sonrisa y en la forma de relacionarse. Es distinto a las penas que le agobiaban, los sufrimientos que le oscurecían el rostro, los fracasos que le deprimían o los obstáculos que le imposibilitaban. Nada se puede comparar cuando la alegría –fruto de un amor permanente– supera a las dificultades más diversas que se hacen presentes en el recorrido de la existencia. Pero esta raíz tiene un nombre que es la “experiencia pascual”, esta savia que se derrama polariza todo nuestro ser y nuestro existir. De ahí que la sonrisa sea la luz ardiente de la alegría.
Con esta perspectiva la sonrisa tiene sentido, sin ella es muy difícil mostrar el rostro fidedigno de la alegría. La alegría puebla la tierra porque Cristo nos ha salvado y nos ha enviado a ser testigos de su resurrección. Y el testimonio se muestra, no se oculta. Brilla por sí mismo, sin necesidad de explicarlo. Uno de los momentos más importantes de la experiencia de fe es revivir la alegría que no tiene otro sentido sino la fuerza de un amor que sólo puede proceder de Dios. El rostro pálido y oscuro de un niño no se entiende si no es desde la falta de cariño que le atormenta. Por eso apuesto para que esta alegría crezca en nuestras vidas. Y la fuente de la misma sólo tiene un nombre: Dios que nos ama.
Revista Misioneros Tercer Milenio, mayo de 2007
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