La santidad es patrimonio de todos


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

Nadie puede pensar de ser excluido un día de llegar a ser santo, pues la fe nos muestra que Jesucristo “ha entregado su Vida por todos”. Si esto es cierto, también lo es que el empeño y trabajo deben estar presente en todos y cada uno. El que siembra recogerá, pero el que no siembra será infértil. Bien lo entendió   San Francisco de Javier al poner todas sus energías para conducir la humanidad a Cristo. El Patrono de las Misiones se ganó a todos los del continente asiático no sólo por su entrega generosa sino porque amaba a todos sin límites y sin acepción de personas. Éste es uno de los secretos más profundos de todo misionero: “Nadie que pasa a su lado es indiferente porque todo ser humano es candidato a la santidad”.

La santidad es patrimonio de todo ser humano puesto que Jesucristo ha dado lo mejor de sí para todos, sin marginar a nadie y sin excluir a ninguno. Sólo se excluye el que no acepta el misterio amoroso de Cristo y rechaza a sabiendas lo que se le ofrece. Quien se aparta del amor de Dios está experimentando su ausencia y esto es el mayor de los tormentos. De ahí que al cielo se le defina como la presencia total e infinita del amor de Dios y al infierno como la ausencia y vacío total del amor. Y aquí ya en la tierra se puede experimentar, pues quien se aparta del amor no es feliz. La felicidad es fruto del auténtico amor.

Todos tenemos sembrado, en nuestra vida, este amor. Por eso quien más ama es el que más cree en Dios. La religión cristiana es una experiencia de amor y la perfección en el amor es la santidad. La caridad que se va desarrollando durante la jornada y durante el tiempo ya nos hace pregustar lo que un día será definitivo y completo: el amor de Dios.

Ésta era la pasión fundamental en San Francisco de Javier. Cuando en París –después de haber hecho grandes proyectos– se topa con la frase del Evangelio: “¿De qué te sirve que ganes el mundo entero, si pierdes tu alma?”, le revoluciona en su interior y se lanza a tener más “altura de miras” y pide dedicar su vida a la labor evangelizadora, que no tiene otro fin que el de mentalizar a todos de que la santidad es la única meta que vale la pena por la que entregarse a fondo. Ante la superficialidad, que tantas veces apresa a la sociedad, nos ha de venir el deseo y la pasión de mirar a los demás y, al estilo del Patrono de las Misiones, poner todo empeño en llevar este espíritu más alto y sobrenatural para que todos seamos conscientes de lo limitado y frágil de la vida y la grandeza del amor que no pasa nunca y es eterno.

Durante este tiempo se aumentan las fiestas patronales y una de las razones por las que surgieron dichas fiestas fue la de mentalizar al pueblo cristiano de que es necesario, en el camino de fe, tener puntos de referencia y estos son los santos que han desarrollado una labor fundamental en la sociedad y le han dado un sentido nuevo, de tal forma que han colaborado a regenerarla. La sociedad está necesitada de hombres y mujeres que se planteen seriamente ser santos. Muchos no lo hubieran conseguido si se hubieran quedado en la mediocridad. Ésta es la termita que destruye lo más íntimo de la dignidad humana. Si deseamos una sociedad más válida y auténtica, no la busquemos fuera de este camino que Cristo ha trazado muy bien: ser perfectos en la caridad.


Revista Misioneros Tercer Milenio, verano de 2006