La fuerza del amor


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

Cuando la vida toma más anchura y más hondura, por el tiempo y por la madurez, se van dejando cosas que antes parecían imprescindibles. La esencia de aquello que se ha vivido se hace más patente y la ‘fuerza del amor’ permanece como lo único eterno.

Pensemos, por ejemplo, cuando un familiar ha fallecido; lo que perdura son sus muestras de amor y cariño, son las enseñanzas que más han calado y han hecho posible seguir manteniendo aquellos sentimientos, que no son muestras de un afecto superficial sino de un modo de ser que enorgullece y ayuda a dar sentido profundo a la vida. La ‘fuerza del amor’ tiene sus raíces en Dios y basta mirar el rostro de Cristo en la Cruz para que en él se muestre toda su dimensión.

La manifestación de la Cruz no es sólo un sentimiento de afectiva solidaridad, es la expresión más alta del amor de Dios que está dispuesto a ‘ponerse en nuestro lugar’ y darnos su propia vida que es amor, felicidad y paz. De ahí que exaltemos la Cruz de Cristo. Parece inhumano que podamos exaltar la Cruz y, sin embargo, es el momento más expresivo y más concreto del amor de Dios a la humanidad. Saber que Dios nos ama es una gran revelación. Pero saber hasta dónde nos ama es mucho más. ¡Es la pedagogía de Dios! Lo que para nosotros es escándalo, para Él es entrega; lo que para nosotros es escarnio, para Él es muestra de amistad porque nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por los demás. Así se entiende mucho más que el mejor amigo es aquel que está dispuesto a ponerse en el lugar del otro y ofrece lo mejor de sí por los otros.

Recuerdo con verdadero gozo la experiencia del cardenal Van Thuán en la Cárcel de Natrán (Vietnam). “Era muy difícil para mis guardias comprender cómo se puede perdonar, amar a los enemigos, reconciliarse con ellos: –¿De veras nos ama?  –Sí, os amo sinceramente. –¿A pesar de que le hacemos daño?¿Aun sufriendo por haber estado tantos años en prisión sin haber sido juzgado? –Pensad en los años en que hemos vivido juntos. ¡Realmente os he amado!  –Cuando quede en libertad, ¿no mandará a los suyos, a hacernos daño, a nosotros o a nuestras familias? –No, continuaré amándoos, aunque me quisierais matar. –Pero, ¿por qué?  –Porque Jesús me ha enseñado a amaros. Si no lo hiciera, no sería digno de llamarme cristiano”.

Ésta es la ‘fuerza del amor’ que nadie puede vencer ni con miedos, ni con cárceles, ni con armas, ni con ideologías. Es el mayor regalo que hemos recibido los cristianos. Este amor no tiene nada de paternalista y tampoco de fundamentalista. Hay muchos que deseamos vivir así a pesar de las circunstancias adversas que nos puedan rodear. Los mayores santos han sido los más libres y los que han anunciado, con el testimonio, la ‘fuerza del amor’. El amor, en compañía de la verdad, nos hace libres. Por ello hemos de luchar y por él nos hemos de dejar conquistar.


Revista Misioneros Tercer Milenio, noviembre de 2005