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Todos somos enviados a trabajar en la viña del Señor, para que en ella resplandezca la felicidad. La felicidad no es un sentimiento sino una vivencia que hace resplandecer la alegría que uno tiene por dentro y la alegría nace del amor que es un regalo de Dios. Para vivir el auténtico amor se debe ir a la fuente del mismo y éste es Dios. El amor no es patrimonio del hombre sino propiedad de Dios. Cuando el ser humano usurpa tal propiedad, él mismo se vuelve contra sí mismo porque se hace autónomo y egoísta. La libertad más genuina se conquista en el amor más auténtico y de él hemos de ser portadores. El misionero es un enviado, un testigo, una persona que ha hecho “experiencia” de Cristo, es alguien que sabe lo que es morir y vivir, perder y ganar, llorar y sonreír; pasar por la prueba del Viernes Santo y por el gozo de la Pascua.
Nos preguntamos por tanto, ¿cuáles son los fines principales de la misión? El testigo de Cristo es un representante suyo que ha de anunciar con toda nitidez a su Salvador, el único que puede salvar al mundo y hacerlo feliz.
Ya, al inicio de su Pontificado, el Papa Juan Pablo II escribió que cada hombre, cada miembro de la humanidad está llamado a la felicidad de la casa paterna (la Trinidad), pues ha sido redimido por Cristo, quien, en virtud de su muerte y resurrección, da a todos la fuerza, la luz, la alegría, la paz.
Son explícitas estas afirmaciones de Juan Pablo II, a la vez que un reto para todo cristiano, si cumple con su vocación “misionera” y es anunciador de la verdadera Buena Noticia, la que hará que el mundo sonría plenamente, porque con ella goza ya de la salvación de Jesucristo: La Iglesia, y en ella las OMP, no puede substraerse al mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres de la “Buena Nueva” de que son amados y salvados por Dios.
La evangelización también debe contener siempre –como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo– una clara proclamación de que, en Jesucristo, se ofrece la salvación a todos los hombres. Todas las formas de la actividad misionera están orientadas hacia esta proclamación.
A nuevos tiempos, nuevo ardor, nueva dinámica y nuevos métodos. El Evangelio no se ocluye en tiempos pasados, tan importante fue ayer como lo es hoy. El ser humano necesita la salvación de Cristo ayer, hoy y mañana. Se ha perdido la savia que da fuerza a la sociedad y se buscan remedios bajo la capa de cultura. Se intenta marginar lo religioso e incluso se lo considera un peligro para los sociedad. Nos hallamos ante el diálogo con las demás denominaciones cristianas y las otras religiones. Para dar respuestas muchos piensan que lo mejor es meter a todas en una “turmi” y de lo que salga eso es lo que debe predominar como religioso.
Ante esta situación y retos sociales el ardor misionero debe ser mayor y el Evangelio –como la luz encima del celemín– debe brillar. No podemos quedarnos agachados y agazapados en lo oculto de nuestras comunidades sino anunciar con valentía el Evangelio de Jesucristo. Una nueva misión en la nueva evangelización y una nueva evangelización con una nueva misión. El gran problema de los cristianos no está en que sean frágiles y débiles por su condición de humanos sino en no tener la valentía de anunciar que Cristo es el único Salvador del ser humano.
Revista Misioneros Tercer Milenio, octubre de 2004
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