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En el proceso de la auténtica civilización, si ésta se enorgullece de ser y se fortalece en los verdaderos valores y se precia de ser humana, no cabe la devaluación de la vida y menos despreciar los gérmenes de la misma. No estoy de acuerdo y me opongo como humano y como cristiano ante ciertos pronunciamientos farisaicos en los que, mientras no se está a favor de la guerra, se está a favor del aborto y de la eutanasia; mientras se proclama la libertad, se somete al género humano a las mayores vejaciones y depreciaciones de su cuerpo, como si fuera un objeto de placer, como si de una máquina de idealistas deseos se tratara. Cuando el sentido de la vida pierde sus propias raíces, es como si a una planta le faltara savia. A la larga, un día esa planta se secará y no servirá más.
No cabe duda de que hay una gran confusión a la hora de plantearse, con seriedad y radicalidad existencial, lo que es y significa la vida humana desde su origen, desde sus comienzos hasta su último soplo. Nadie puede arrogarse el tiempo de la vida y medir sus procesos a su antojo puesto que hasta el cabello más pequeño de nuestra cabeza no depende de nosotros. La vida de un embrión humano es tan sagrada como su desarrollo a sus diez años o como su proceso hasta la muerte.
Es incomprensible que nos horroricemos ante la masacre que produce un acto terrorista, como sucedió en Madrid el día 11 de marzo de 2004, y no se tenga la misma sensibilidad y rechazo absoluto ante la infamia del aborto. Tan hijos de Dios son unos como otros. Son los crímenes más horrendos que se están propiciando y las mismas leyes civiles que no penalizan el aborto se oponen al progreso del género humano y rompen con el proceso de la ley natural y se contraponen a las leyes de Dios. Tan grave es destruir al “hijo de Dios” en el seno de la madre como al “hijo de Dios” asesinado por una “bomba lapa” o una “mochila bomba” en un tren de cercanías, como grave es también la “inyección letal” dosificada por intravenosa a un anciano.
Ante tal degradación, producto del pecado que va contra la vida y es el más abominable, no puedo por menos que condenar tal forma de concebir la administración de la vida como si ésta dependiera absolutamente del ser humano. Por ello, invito a reflexionar y a profundizar sobre esta cuestión para que, con sinceridad y con autenticidad, se promueva una acción social a favor de la vida en todos sus procesos y en todos los ámbitos de la misma.
Cada seis minutos, en España, muere un niño en el seno de la madre a causa del aborto. Ante tal grave pecado y atrocidad humana, la Iglesia proclama la Verdad, el Camino y la Vida que es Cristo, que es el único que nos lleva por la vía de la justicia, del amor y de la vida. Nadie tiene derecho a marginar el único derecho que tiene el Creador. Si el hombre no defiende la vida, él mismo camina por el sendero de la perdición y se convierte en autodestructor de sí mismo.
La historia hará justicia, y muy dura, sobre esta grandísima atrocidad. Las decisiones humanas no deben prevalecer ante la racionalidad o ante las leyes escritas en la naturaleza. Si el ser humano pierde sus papeles, la naturaleza se vuelve en contra. Según el adagio, “Dios perdona siempre, el hombre a veces y la naturaleza nunca”. Que el buen sentido haga cambiar a los nuevos obcecados en hacer prevalecer lo que es inhumano, antinatural y fuera de las leyes divinas.
Revista Misioneros Tercer Milenio, mayo de 2004
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